miércoles, 9 de noviembre de 2016

Posdata: El Muro es lo de menos.

En la madrugada dieron los resultados de las elecciones en Estados Unidos. Me parece que triunfó, otra vez, la parte oscura del hombre, el mal, digamos así, el manejo político del miedo. En el mundo hay un avance, en los últimos años, del pensamiento abierto, globalizado, de aceptar a lo diferente. Pero al mismo tiempo avanza el pensamiento contrario, el de las zonas más oscuras del hombre: fanatismo religioso, terrorismo, xenofobia, homofobia, aislamiento, incertidumbre. Son las armas que usó con habilidad Trump.
Esta experiencia nos muestra un USA bárbaro y oscuro, donde hay deseo de guerra, odio oculto, y una urgente necesidad de validación social. Esa gente (y no sólo son blancos incultos, como se dijo en la campaña) siente que su país ya no es el número uno y que con su trabajo soportan el peso del mundo. Quieren de golpe ser el mandamás del planeta, eliminar sutilezas diplomáticas. Cuando Trump dijo que México no querría una guerra con USA (si se niega a pagar el muro) exhibió este modo de pensar.
Creo que ahora le bajará de tono, pues no es lo mismo estar mirando hacia arriba que mirar hacia abajo. La perspectiva cambiará, pero tiene que cumplir con algo a sus votantes y el eslabón más débil de la cadena en México. El muro, estoy seguro, es lo de menos. El tratado de comercio y las relaciones bilaterales serán las más afectadas. Ojalá me equivoque, pero empezarán a echar a la frontera algunos millones de latinos. Juego que, por cierto, Obama jugó muy bien al hablar de amistad mientras deportaba a 2,8 millones de personas. Lo cual explica por qué tantos latinos que votaron por él, ahora votaron por Trump. Además, muchos latinos que radican legalmente no quieren competencia laboral. El interés privado priva sobre el interés público. Mentalidad muy propia de la civilización capitalista agresiva que vivimos.

viernes, 21 de octubre de 2016

El muro es lo de menos

"Tras los grandes acontecimientos liberatorios de 1989, 
que crearon la posibilidad de abatir muros y fronteras y 
de construir una nueva unidad europea, se asiste a la 
construcción de nuevas fronteras y de nuevos muros
 —étnicos, chovinistas, particularistas".

Claudio Magris, Utopía y desencanto.
Desde el otro lado. Consideraciones fronterizas.


Cuando era niño se hablaba poco de política en casa, así que ignoro cómo y cuándo me enteré de que existía un muro que dividía a Alemania. Si intento recordar, me viene a la memoria la suscripción mensual de Selecciones del Reader Digest. Los relatos que más me impresionaban hablaban de gente común que intentaba escapar del yugo opresor, familias que planeaban la fuga, a veces con apoyo de ciudadanos de Berlín Occidental, que arriesgaban la vida para cruzar en fatigadas y oscuras noches una línea imaginaria, pero con muy reales minas explosivas y muros altos coronados con alambre de púas. Conozco bien esas agresivas puntas, porque el colegio no tenía una barda de concreto, ni malla ciclónica, pero sí una cerca de palos de mezquite que aferraban a tres o cuatro alambres de púas; con el pie bajaba un cable mientras alzaba el siguiente con las manos, se abría un rombo hueco para que alguien más escapara unos nerviosos segundos del colegio y rescatara el pesado balón de futbol de la maraña de cadillos que poblaba el baldío. En la secundaria me enteré de que existía una milenaria muralla china, que inició un tal Ch'in Shih-huang para contener a sus enemigos. Gracias a Wikipedia me entero ahora de que mide 21,196 km. Es una antigua fortificación construida y reconstruida entre el siglo V a. C. y el siglo XVI para proteger la frontera norte del Imperio chino durante las sucesivas dinastías imperiales de los ataques de los nómadas de Mongolia y Manchuria. Va de la frontera con Corea, hasta el desierto de Gobi. Se conserva un 30% de la muralla. Mide de 6 a 7 metros de alto y de 4 a 5 metros de ancho. Ahora sirve para atraer turistas.

Ignominia


El Muro de Berlín, llamado también muro de la vergüenza, permaneció en la frontera interalemana del 13 de agosto de 1961 al 9 de noviembre de 1989. Altura: 3,6 m. Perímetro 155 km. Según el New York Times el muro de Alemania del Este tuvo una efectividad del 95% entre 1961 y 1989. Formado por vallas, muros, alambradas, campos minados, zanjas y otros obstáculos, lo patrullaban cerca de 50.000 soldados de Alemania Oriental, con órdenes de disparar a matar.

Hace catorce años, cuando Israel levantó su muro, argumentó que era para separarse de Cisjordania y defenderse de los ataques procedentes de los territorios palestinos. Las justificaciones van y vienen a lo largo de la historia a favor de erigir muros, pero al final el argumento dominante es el miedo.

La frontera de México con los Estados Unidos de América es de 3,118 km. De ese tamaño sería el anunciado muro de Trump. Una investigación que divulgó el New York Times desmenuza un fenómeno reciente: luego del endurecimiento de las políticas migratorias en Estados Unidos, los latinos que consiguieron cruzar temen ser atrapados si intentan regresar a sus países de origen. Optaron, entonces, por quedarse a vivir. La vigilancia excesiva estimuló el crecimiento de la población latina. ¿Lo sabrá Donald?

El nuevo muro de la ignominia, ¿irá por el centro del Río Bravo? ¿Del lado americano o del nuestro? ¿Exigirá que la mano de obra mexicana, la que desprecia tanto, sea la que pegue los ladrillos? Donde hay tierra es más simple, la línea imaginaria que separa a las dos naciones es susceptible de ser perforada para la cimentación. En el mar hay fronteras marinas, mar territorial, ¿Qué tanto se internará en el mar?

El enemigo es el miedo


La idea de enemigo que tuvieron Ch’in Shih-huanh y Walter Ulbricht es la misma idea que aprendemos todos de pequeños. Miedo a lo desconocido, al desconocido. Nuestras casas tienen muros exteriores. En los últimos años los muros de nuestras casas crecieron, son más altos y sólidos que aquellos que vi de niño. Los coronamos con alambres de púas, otros los electrifican o los arman con afiladas picos con forma de magueyes enanos. Las escuelas levantan muros. Los edificios públicos y las carreteras se protegen con arcos que rastrean posibles armas: son muros electrónicos. Los muros son la metáfora del miedo. Es el miedo atávico que padecieron nuestros antepasados cuando buscaban dormir en cuevas y encendían un muro de fuego que impediría el ataque del depredador. El miedo habita en nuestra genética, es parte de nuestro instinto de supervivencia. El miedo crece cuando la percepción de peligro crece.

El muro fronterizo es una metáfora del muro que cerca tu terreno, tu casa, de los muros de tu hogar, de la recámara donde duermes, es la fuente de seguridad cuando cierras los ojos y te abandonas al sueño. En el sueño quedas inerme. Tienes miedo a sufrir un ataque durante el sueño. Es el miedo a morir. Miedo al otro. Vivimos una era de miedo. La violencia origina muros. Miedo, violencia y muros.

Racismo


Nos envían mexicanos violadores, dijo Trump para provocar miedo y ansiedad en una amplia capa de población blanca, inculta y ancestralmente racista. Repite la misma historia que otros como él han dicho de los afroamericanos. Me recuerda Sequía en septiembre, el cuento de William Faulkner: Un grupo de sureños en una barbería debate la supuesta acusación que una mujer soltera y blanca realizó contra un hombre negro. Discuten si el negro lo hizo o no. No hay pruebas, sólo la palabra de la mujer. Uno de los barberos defiende al negro. Lo conoce, no cree que él haya sido. "¿No vas a dar por buena la palabra de una mujer blanca antes que la de un negro?", le cuestiona un joven blanco, corpulento. El defensor del acusado es acusado: “¡Asqueroso enamorado de los negros!”. “Pensáis dejar que esos hijos de negra se salgan con la suya como si tal cosa, y así hasta el día en que uno lo haga de verdad?” El miedo insiste en que es mejor matar al enemigo antes de que a éste se le ocurra matarte.

A lincharlo, pues


Hoy Trump acusa a los morenos del sur y, como los racistas del cuento, no necesita pruebas. El miedo y el prejuicio se conjugan y hacen la tarea.

David Duke, ex líder del Klu Klux Klan, anunció su candidatura al senado y su apoyo al magnate. Trump tardó en rechazar el ofrecimiento. Asumo que lo analizó largo y tendido con su comité. Pero la tardanza en rechazarlo y las dudas que mostró al decir que ignoraba qué es el ku klux klan, nos inducen a creer que consideró las ventajas y desventajas de aceptar al Klan en su séquito. También nos hace creer que aceptó a Duke por debajo de la mesa, pues coinciden en aspectos ideológicos. El Klan es enemigo de los negros, los judíos, los homosexuales y los inmigrantes. Aspira a la supremacía blanca.

Trump conmueve y aglutina a través del miedo. Para solucionar el miedo, promete restituir la grandeza de la nación (blanca). Y para conseguirlo quiere humillar al enemigo, es decir, nosotros, los mexicanos. Los mexicanos les enviamos lo peor de nosotros para destruir a tan magnífica nación, dice una y otra vez. Somos la odiada presencia del enemigo, que suponían al otro lado del río, y que ahora se lo topan en el café, le sirve la sopa en el restaurante, conduce su taxi, limpia los anaqueles de la tienda de autoservicio, friega los pisos de su mansión, duerme en el cuarto de servicio. Una presencia execrable, animosa, radioactiva. Le urge poner un muro. Que ya no entren. Sacar a los que están adentro, hay que desparasitarse: muros y expulsiones.

Empate


Decían que iban Hillary y Trump parejos. Ya no, cada hora se derrumba más el indefendible y abominable sujeto que es Donald Trump. Aunque, quien crea que la señora Hillary es un angelito que descendió de los cielos para conducir con amor al país más poderoso del mundo, ignora que ser Secretario de Estado es ser el representante del imperio y sus guerras constantes. No obstante, nuestro problema inmediato es el rico heredero, pues ya casi nos declaró la guerra: México no querrá jugar a la guerra con Estados Unidos, en caso de no pagar el muro, dijo. (Newsweek en español. 6 sept. 2016). Cuando dejó el poder George Bush jr. Creí que difícilmente habría otro peor. 
Me equivoqué.

Quién es


"Sin una experiencia común, por descontado, ninguna palabra puede significar algo. Si me dicen: «¿A qué huele la bergamota?», yo respondo: «Tiene un olor parecido a la verbena», y siempre y cuando el otro conozca el olor de la verbena, acertará más o menos a comprenderme”.  (George Orwell. Ensayos). Donald no conoce la empatía, sus gestos, sus mentiras, su mirada acusadora y el desprecio son ejemplo de bulling, lo cual quedó en claro cuando salió a luz la manera en que trataba a Alicia Machado: Miss Piggy, Miss Hauskeeping, gorda, fea.

Trump es como esos niños que crecen con la certeza de que son únicos, que el mundo debe rendirse a sus pies. Son abusivos e intolerantes, unos malcriados, diría mi abuela. Trump es el niño grandote y peleonero, el prototipo del acosador que golpea y aterroriza física y emocionalmente al compañero más pequeño y luego observa con orgullo como sus padres justifican la agresión y dejan impunes sus acciones. Es experto en el acoso. Sus gestos, sus discursos, hasta el extraño copete de falsos tonos dorados y el estafador color naranja de su piel lo exhiben como el verraco que maleducaron sus padres.

El discurso


Agitamos la caja de sus pronunciamientos en un cernidor y aparecen muchos componentes malignos que la historia humana esclareció hace tiempo: xenofobia, misoginia, nacionalismo, racismo, despotismo, aislamiento geográfico y proteccionismo económico. Con su discurso, su actitud, las amenazas a la prensa, se autodescribe: es fascista. Usa el discurso que distingue a la peor ultraderecha para conservar el statu quo, donde el blanco, de origen europeo, posee el poder. Del leviatán civilizado, volveremos al leviatán burdo, que arregla sus disputas a bastonazos. Su discurso tiene vertientes oscuras, ambivalentes, contradictorias.

El mal


Comprendemos el mal porque lo explica la ciencia, lo exponen y analizan los ensayistas, lo muestra la narrativa y nos conmueve mediante poemas. Pero cada vez que reaparece es irreconocible, se disfraza con insólitas caretas, las de la confusión y la hipocresía. Un nacionalismo enfermo renace en Estados Unidos con Donald. Mario Vargas Llosa dice que "toda nación es una mentira a la que el tiempo y la historia han ido —como a los viejos mitos y a las leyendas clásicas— fraguando una apariencia de verdad". La nación es un gran mito. Existe como ideología para preservar los intereses de la clase dominante. Los países van y vienen durante miles de años, las ambiciones de algunos conquistadores los reúnen durante un tiempo y luego enfrentan a otros más poderosos y las fronteras se desbaratan como el barquito de papel en el arroyo. Una dilución inevitable.

¿Hacer grande América de nuevo?


El nacionalismo es una ideología útil para convencer a una multitud de que actúe contra alguien, contra algo, o para defender lo que parece un factor común. Que  hay puntos en común entre nosotros, eso que llamamos nación, es verdad, pero también los hay enfrentados. Las culturas son colectivas, pero también personales, de grupo, y a veces tienes más en común con alguien de otro país que con tu vecino.

Es una aberración, una ideología creada para manipular a los pueblos y para enfrentar supuestos enemigos comunes, que sí, a veces existen, pero cuya existencia suele obedecer al nacionalismo del vecino. El nacionalismo es una forma de fanatismo, tiene su máxima expresión en la violencia, es un arma de guerra. Hacia ella camina el empresario candidato, el exitoso actor de reality show, el transa habitual, el racista, el peligroso sujeto que se presenta con un popular nombre de caricatura: Donald.
Su racismo se expresa cada vez que habla de los latinos, pues para él todos los latinos son mexicanos, son el sur, una zona neblinosa, el enemigo que conspiró con Bill Clinton para firmar un tratado que a Estados Unidos le cuesta cada año una fortuna. Por eso quiere un nuevo tratado que sólo beneficie a su país. Lo dijo y lo sostiene en cada mitin, quiere renegociar con México desde una posición de fuerza. El proteccionismo económico se soporta en el racismo. Los mexicanos son inferiores, podemos vencerlos en una guerra, por tanto deben firmar un tratado que nos beneficie, dice.

Se encierran o nos encerramos


Quizá el muro no sea tan mala idea, si sirve para que los gringos dejen de vender armas al crimen organizado y, estos, de exportar drogas. Saldríamos ganando. Pero es un sueño, Donald Trump no es tan imbécil como para aniquilar el inmenso negocio que significan ambas cosas.
Me pongo a imaginar que de veras Trump asume el poder, que deporta a millones de latinos e impone impuestos a nuestras exportaciones y levanta el muro con el dinero que los migrantes envían a sus familias en México. Da miedo pensar las consecuencias, pero el verdadero miedo que siento procede de nuestra incapacidad de respuesta. 

Esa prospectiva debería ser sopesada ya por quienes están a cargo. Los gobernantes mexicanos se dedicaron a entrampar nuestra economía mediante la depredación (una infame, monstruosa y cínica corrupción), asumiendo que bastaría ser el cabuz trastabillante del poderoso tren americano para salir adelante, cuando cualquiera sabe que es fatal colocar los cimientos de tu edificio en el terreno del vecino.

¿No será ahora el momento de dar un giro a la economía e impulsar el mercado interno? ¿No es el momento para buscar la diversificación de mercados y estimular la producción? Europa, Asia, Centroamérica son mercados atractivos. ¡Cuántas naciones quisieran tener nuestros mares! En caso de una guerra económica (o bélica), ya veo a los políticos llamando a la unidad nacional y desgarrando sus vestiduras. ¿Les creeremos? Dicen que existen dos tipos de causas de los hechos históricos: contingentes y necesarias. Contingente es Trump, que encabezaría la guerra y que desde ya la anuncia. Necesarias son las condiciones internas, las que hemos creado durante doscientos años de una enclenque independencia.

La amenaza es real. Trump quiere que los americanos teman al migrante y quiere que México le tema a USA. Ya consiguió ambas cosas.

El miedo


Dice Elías Canetti que "Nada teme más el hombre que ser tocado por lo desconocido. Desea saber quién es el que le agarra; le quiere reconocer o, al menos, poder clasificar".
¿En qué momento los mexicanos sustituimos al Estado Islámico en el panteón de enemigos de Norteamérica? ¿Somos los nuevos talibán? El discurso de Trump se articula con miedo, miedo al terrorismo, miedo a los extranjeros que son sinónimo de terroristas, miedo a los extranjeros que cruzan la frontera: miedo a los mexicanos que quieren destruir el modo de vida occidental.
El derrumbe de las Torres Gemelas en septiembre del año 2001 arrastró consigo el concepto de seguridad que deambulaba amablemente en Malls y museos, escuelas y parques de nuestros vecinos. No fueron los únicos en sentir pánico, en Europa avanzó la sensación de que alguien tenebroso acecha por la espalda. 

Zarkozy, nos cuenta Zygmunt Bauman (Esto no es un Diario), comprendió el temor que permeaba a la sociedad francesa tradicionalista y lo usó para su beneficio político. Su discurso habló de barrios peligrosos, comportamientos extraños (diferentes a los comportamientos de los franceses), apuntó con el dedo a los gitanos, lanzó a las calles a los policías para arrestar criminales y prometió “dar muerte a la inseguridad”. Y por supuesto que no lo consiguió, como ahora sabemos, pero ganó la elección. Él y Donald echan pólvora a la hoguera del miedo. Bien dice Amos Oz: es “la típica reivindicación fanática: si pienso que algo es malo, lo aniquilo junto a todo lo que lo rodea”.

El otro muro


Mientras tanto, en México padecemos de analfabetismo político, nuestra memoria histórica es olvidadiza, nos aprisiona la flojera civil, el valemadrismo ciudadano. No comprendemos que el muro ya existe. Se construyó a lo largo y ancho del país durante décadas. Es el infranqueable muro de la ignorancia y la corrupción. Somos tan desidiosos. La improvisación y las ocurrencias permean la vida pública. Habrá que inventar un concepto que ilustre de un golpe la extraña costumbre de los políticos mexicanos de resolver problemas al vapor. ¿Foxcurrencias?


Jorge Luis Borges publicó en 1934 un libro donde narra las historias de un grupo de hombres y mujeres que destacaron por su vida oprobiosa. Ignoro cómo terminará la de Donald Trump, pero ya merece incorporarse a ese libro (que nunca terminará de escribirse, pues hombres como éste aparecen aquí y allá, son la yerba venenosa del jardín de la historia), se trata de la Historia Universal de la Infamia.

lunes, 18 de mayo de 2015

Cheever, el diario y Farragut

Los últimos años he leído diarios de escritores. Algunos son intensos, una delicia, no sólo por el oficio de quien lo escribe, sino porque muestran las costuras de su escritura. El Cuaderno Gris de Josep Pla, Diarios de Franz Kafka, de Fernando Pessoa, por ejemplo. Algunos son de tamaño descomunal, como La vida de Samuel Johnson o el de Robert Musil, cuyo primero de dos tomos tiene más de ochocientas páginas de letra minúscula; otros son más breves, como el de Jules Renard y el de Andre Gide, o francamente pequeños, como el que compré de Pessoa en una feria del libro en la Plaza de la Constitución de Querétaro.


Soy un desastre para leer. Empiezo un dietario, lo suelto y tomo otro, y otro más, y al paso de los meses veo que avanzo en todos, que los subrayo y con letra agazapada e indescifrable, incluso a veces para mí, dejo escrito en el margen algo que pensé, que debatí, que me iluminó durante la lectura. Quiero leer todo de una vez. Sé que la vida no me dará el tiempo suficiente. Quizá por eso.

Recuerdo el momento cuando me topé en la librería Gandhi de Querétaro con los Diarios de John Cheever (1912-1982), editado por Emecé, encuadernado con tapas duras e impreso en papel cultural. Ha de estar carísimo, pensé, de los que no bajan de quinientos pesos. Lo saqué del estante con el deseo inmediato de comprarlo y el temor al precio. Y vaya sorpresa: noventa y nueve pesos.

Es el único que no pude soltar. Una vez iniciada la lectura, se apoderó de mí la urgencia de continuar. El tono, la calidad del texto, la presencia de los conflictos emocionales lo vuelve tan legible como una buena novela. Aclaro que, según el editor, es sólo el veinte por ciento de lo que escribió a máquina y a mano. Podar el texto original debió de ser un trabajo abrumador.

Desde el primer párrafo se evidencia el talento del escritor: “En la madurez hay misterio, hay confusión. Lo que más hallo en este momento es una suerte de soledad. La belleza misma del mundo visible parece derrumbarse, sí, incluso el amor. Creo que ha habido un paso en falso, un viraje equivocado, pero no sé cuándo sucedió ni tengo esperanzas de encontrarlo”.

Uno de los aspectos fundamentales de los Diarios es el proceso que sigue para animarse escribir, a lo largo del tiempo, de su homosexualidad. Reprimida en principio, tratada con sutileza en sus primeros cuadernos, hasta que gana terreno y decide hablar de sus asuntos personales con mayor soltura. La novela Falconer (1977) es una de sus obras más acabadas, donde trata el tema con brillantez y sin temores, aunque también con un gran talento para no ser evidente, un tratamiento sutil empodera al libro.

Exhibe su necesidad de escribir, la ansiedad por tratar esos temas íntimos que lo persiguen y sus afanes por lograr una obra importante: “Si escribo prosa narrativa, como hago a veces, debo aceptar estas limitaciones. No es posible que cada línea sea un clamor del corazón tallado en piedra. Pero me rebelo contra el lenguaje común, la cualidad de relleno que encuentro en mi obra, y trato de escapar… Pero puesto que no nací con un acento fuerte, debo hacer lo que pueda con lo que tengo[i].

Las preocupaciones personales siempre lo atormentaron. Paulatinamente avanzan las referencias, el escritor se atreve. Cuenta aventuras imaginarias con hombres y se justifica diciendo que sólo son fantasías. Pero algún momento se vuelven reales y escribe sus aventuras y sus dolores espirituales, rechazarse. Hay en él una disyuntiva brutal. “Este cambio y movimiento –escribe– parece apaciguar o curar mis ansiedades homosexuales, y contemplo alegremente la gente que va y viene[iii]. El libro transita de expresiones duras a tonos poéticos. Salta de sus obsesiones sexuales a sus obsesiones escriturales. “Era el año en que todo el mundo en Estados Unidos estaba preocupado por la homosexualidad. También había otros motivos de preocupación, pero mientras estas ansiedades eran objeto de artículos, discusiones y publicidad, las referidas a la homosexualidad permanecían ocultas y tácitas. ¿Lo es? ¿Lo fue? ¿Lo hicieron? ¿Lo soy?[ii] Nos cuenta cómo preparo algún relato, exhibe su oficio, piensa que es un tragedia que los hombres seamos incapaces de ayudarnos, de comprendernos.

Vivió mucho tiempo de sus cuentos, que le publicaba el New Yorker, y sufrió lo indecible para volverse novelista. Se cuenta que su primera novela fue rechazada por el editor; al volver a casa tiró el manuscrito al tarro de basura en una estación de tren y se fue a escribir cuentos, pues necesitaba pagar las facturas de su hogar.

Un día necesitó más dinero, así que presionó a The New Yorker para que le pagaran más, y como le negaron el aumento, consiguió que le quintuplicaran el pago en revistas menos importantes. Publicó, entonces, en otras, incluida Playboy, asunto que tensó su relación con sus editores de siempre.  Era un autor productivo y brillante, reconocido, en plenitud. Los editores de revistas se peleaban sus historias. Tan sólo The New Yorker le publicó 121 cuentos a lo largo de su vida. Él, en la intimidad, admiraba a William Faulkner y lo releía.

Cuenta su hijo Benjamín que su padre consideró publicar sus Diarios en vida, se los ofreció a leer, incluso, buscando una opinión --creo que supuso que al dar a conocer al público su vida íntima podría afectar a sus hijos; al solicitar a Benjamin que lo leyera buscaba en realidad el filtro familiar, la aceptación del riesgo, compartirlo--. Coincidieron en que sería mejor que se editaran después de su muerte. Para entonces su familia estaba al tanto de su bisexualidad y su esposa, Mary Winternitz, soportó pacientemente sus largos años de alcoholismo y sus aventuras sexuales.

Desde que leí los Diarios deseé leer Falconer. Poco antes de que Modiano recibiera el Nobel, encontré en Amazon la versión digital. Trata de un profesor adicto a la heroína, que proviene de una familia adinerada venida a menos. Va a dar a la cárcel por haber asesinado a su hermano. En la reclusión descubre su homosexualidad cuando se enamora. Farragut, el personaje central de Falconer lo conoce en la regadera. Advierte que un joven del­ga­do, de ca­be­llo negro le sonríe. Es Jody. Farragut hace de él su mejor amigo y luego su amante. Más tarde se pregunta: “¿por qué deseaba tanto a Jody cuando había pensado tantas veces que su papel en la vida era poseer a las mujeres más hermosas? Las mujeres estaban en posesión del mayor y más gratificante de los misterios. Había que abordarlas en la oscuridad, y, a veces, aunque no siempre, poseerlas en la oscuridad. Eran una esencia, fortalezas sitiadas que valía la pena conquistar y, una vez conquistadas, de ellas manaba el botín”.[iv]

Farragut se fuga, olvida su vida anterior y descubre que puede vivir de otra manera, conforme a sus intereses y deseos. ¿Será cierto que ésta es la novela de su autoría más amada por él? Eso dice una nota del editor. Preso, Farragut sufre carencias, el abandono de su bellísima esposa, la pestilencia de las heces y la orina, la necesidad urgente de consumir heroína, la suciedad y los abundantes gatos y ratas, la depresión, la corrupción. ¿Es Farragut el alter ego de Cheever? ¿Han perdido,  autor y personaje, todos sus miedos?  Sus diarios son una lectura tan recomendable como sus novelas y cuentos, pero es indudable que la lectura de sus pensamientos más íntimos permite leer su obra creativa con otros ojos.

Un asunto curioso: En su juventud, expulsaron a Cheever de la Academia Thayer por fumar. Ahí culminó su educación formal. En la página de Wikipedia correspondiente a dicha academia mencionan entre sus alumnos notables Cheever, ganador del premio Pulitzer. Como los políticos que apoyan con miserias a los deportistas, pero se fotografían con ellos cuando ganan la medalla.


[i]
 Diarios. John Cheever. Ed. Emecé. España, 2006. P. 161.
[ii] Ibid. P.159
[iii] Ibid. P. 175
[iv] Falconer. John Cheever. Edición digital: RBA Libros, S.A., 2013. Barcelona, España. P. 144





viernes, 13 de marzo de 2015

Aprovecho un momento libre y dejo una nota


Releo los Diarios, de John Cheever. 

Minutos después abro un libro de Rodrigo Fresán, autor que quiero conocer: La parte inventada. Arranca con un epígrafe de Cheever: "La literatura no es autobiografía en código, y no es acontecimientos reales. No estoy escribiendo mi autobiografía y no escribo cosas según me sucedieron, excepción hecha del uso de ciertos detalles: tormentas y ese tipo de cuestiones. No, no es nada que me haya sucedido. Es tan sólo una posibilidad. Es una idea". ¿Se curaba en salud? Su bisexualidad se refleja en varios de libros, Falconer, por ejemplo, y en los Diarios se despliega, poco a poco, de la auto represión hasta volverse franca. 

Por otro lado, la vida está hecha de coincidencias, como la de Cheever y Fresán, y de voluntades. La voluntad de cada quien: se propone abrir una confitería, estudiar derecho, comprar una escalera y pintar el muro de la casa. O bien coinciden dos personas del mismo pueblo, que no se ven desde hace cuarenta años, en Brujas, comprando chocolates rellenos de cereza. Se detestan mutuamente o se conocen poco, o fueron grandes amigos en la adolescencia. Ahora se sorprenden de encontrarse ahí y se abrazan, comentan la tremenda casualidad, dicen que sería bueno ir a comer juntos, a cenar, pero no lo hacen, están nerviosos, como si los hubieran atrapado cometiendo un ilícito. Se despiden luego de pagar sus cuentas respectivas y salen a la calle con su bolsa de chocolates en la mano. Sonríen.

¿Qué pasa cuando se reúnen voluntades y coincidencias? Ricardo Piglia cuenta cómo en dos épocas encontró cartas interconectadas, de dos emisarios desconocidos para él, en recovecos de dos hoteles diferentes.  Quiero creer que intentó un cuento, sintió que no era creíble y lo sacó a la luz como si fuera un hecho verdadero. Y de tan increíble se vuelve real. Paul Auster es la suma de coincidencias. ¿Por eso me gusta tanto su trabajo?


El juego de fingir coincidencias, diría Borges.

miércoles, 4 de marzo de 2015

Una decisión, una mancha que permanece

"Hacer el bien a los demás, empujar la rueda del progreso, y no pasar como una sombra vana que no deja huella alguna a su paso", escribió André Gide en su Diario, el 15 de mayo de 1888. Apenas lo había iniciado el 18 de febrero. Como fundador de Gallimard rechazó un manuscrito: En Busca del Tiempo Perdido, de Proust. Luego se lamentó, se disculpó, le envió cartas exhibiendo su vergüenza. Amistaron, pero Marcel nunca lo perdonó del todo. 

El mundo de la literatura lo recuerda como un error, una mancha en el expediente del escritor y editor que no supo reconocer uno de los más grandes talentos de la literatura mundial. Cómo pesa en la biografía de Gide un asunto, una decisión circunstancial, un instante. 

lunes, 9 de febrero de 2015

La dimensión poética de Gloria Gómez Guzmán



Guillermo Lavín

El Programa de Estímulo a la Creación y al Desarrollo Artístico de Tamaulipas reconoció este fin de semana a Gloria Gómez Guzmán como Creadora Emérita. No cabemos de gusto. Este reconocimiento se tardó mucho en llegar, si alguien lo ha merecido desde que se fundó el programa, antes llamado Fondo para la Cultura y las Artes, es Gloria. Para celebrarlo, comparto este texto que escribí para un reconocimiento que le dieron en Monterrey, creo que en el 2007, y que luego fue prólogo, para mi orgullo, de  una antología de su obra.  

No me resulta fácil

La cercanía, la amistad, el haber recorrido juntos algunos trechos y sueños en la promoción cultural me dificultan hablar de su obra y su persona. Se confunden en mi memoria algunos poemas con esos momentos, recuerdo unos textos más que otros, quizá porque tuve la oportunidad de releerlos un poco más, sobre todo aquellos que tuve la suerte de diseñar para una revista literaria, A Quien Corresponda, donde ambos buscábamos abrir espacios a las letras, tan reducidos siempre.
Así, creí que sería mejor seguir un camino irregular, algo así como un conjunto de notas, cuya único hilo conductor sería Gloria.

Gloria es poeta

No intento decir algo que es obvio: ustedes y yo sabemos que escribe poesía. Me refiero entonces a que ES poeta. Diría que llega al extremo de vivir como poeta. Un tanto solitaria, con sus libros y sus gatos, que tanto defiende. Esos gatos son a menudo un inmenso obstáculo a la amistad. Ella viene a veces a Ciudad Victoria y llega a nuestra casa. Pasamos un par de días muy bien, conversamos e intercambiamos noticias de los conocidos, algunos desconocidos, y otros que quisiéramos ver muertos. Pero hay un momento en que a ella le brinca el recuerdo de sus gatos y le sacude la urgencia de volver a su casa. Qué tal si les falta agua o uno de ellos tiró al suelo el alimento y están sufriendo. A partir de ese momento ya no está en paz. Se tiene que ir. Y se va.

El Grupo Tampico

Conste que no me refiero al poderoso grupo económico, del que algunos dicen que fue artífice del ascenso de Fox, hablo del otro grupo Tampico, uno que se formó en los años setenta en torno a un taller literario conducido por el escritor Armando Adame --quien arribaba de SLP periódicamente--, tuvo dos miembros que destacaron de inmediato: Gloria Gómez Guzmán y Arturo Castillo Alva. Ambos eran escritores y eran también pareja. Formaban parte también José Guadalupe Galicia, Roberto Perales y Víctor Palacios.
Del trabajo publicado en un cuadernillo por este grupo, Carlos Gonzáles Salas dijo que, para su gusto, “es Gloria Gómez a la que yo encuentro más profunda y definida, la más hecha de los jóvenes poetas tampiqueños… muestra con toda transparencia la conciencia de una generación mirando a su tiempo y a su alrededor”[i].
Si hubiera que definir de alguna manera estos dos escritores –Gloria y Arturo--, parafraseando un título inédito de Gloria, opinaría que escribían zurdo. Ella transitaba entonces su década de los veinte, tenía una hija, y había recibido por toda herencia un país vencido y pobre, velado por la demagogia y la dictablanda presidencial, un país que negaba oportunidades a su gente. Sin remedio, Gloria tuvo que mirar a otro lado para forjarse una ilusión.

Déjenme mostrar unos fragmentos que lo reflejan:

Es terrible ser pobre
termina uno siendo mezquino
si se es egoísta
destructivo y además pobre
uno es un desastre
(sobre todo para otros pobres
especialmente para uno mismo)
…..
A los pobres de ahora no les han dejado ni la ira [ii].


Aunque debo decir que Gloria, mujer inteligente, con una carrera universitaria, culta, siempre ha tenido lo que cualquiera llamaría buenas oportunidades laborales. Pero no le interesaron entonces ni le interesan ahora: ella está segura de que interfieren con su libertad creativa. Así que sólo toma lo necesario. Y creo que tiene razón. Aunque tal vez también se negó a esas oportunidades porque en el fondo de su corazón, si le llegara un costal de dinero o de fama, se sentiría culpable.

Los títulos innecesarios

Conocí a Gloria gracias a mi hermano Jesús. Estudiaron juntos en la facultad de Derecho, en Tampico, en los años setenta. Por supuesto que yo coincido con ustedes: ella no parece abogada. Ni lo es. Ni intenta serlo. Ahora es investigadora y maestra en la antes llamada Facultad de Música.
Por mi parte, no podía imaginar aquel mediodía, cuando me llamó mi hermano por teléfono para pedirme que recibiera a una gran amiga y compañera suya de sus días de estudiante, que estaba a punto de conseguir una amiga para siempre. Ella había pasado a saludar a Jesús. Algo comentaron, creo que buscaba publicar un libro de su compañero Arturo Castillo Alva. Yo trabajaba en el Instituto Tamaulipeco de Bellas Artes y tenía a mi cargo un programa editorial. Después de conversar un rato, me di cuenta que estaba ante una mujer extraordinaria. Poco después leí su primer libro. Desde entonces pienso que es una de las poetas mexicanas más importantes. Y si Gloria no es más famosa, es porque a ella no le interesa.
Gloria mantenía, cuando la conocí, una actitud combativa hacia la vida, pero sufría –usaré un adverbio que a ella le gusta mucho usar en la charla-- horriblemente. Todos los males del mundo y del país, de la región y la ciudad y del barrio eran sus propios males. La angustia se le reflejaba en el ceño cuando se tocaban esos temas en la conversación nocturna sazonada  con una bebida.
Esa perspectiva se refleja en el contenido de los primero poemas, pero también en el rechazo a las mayúsculas, a la manera de dividir palabras, en los poemas sin título. En la nota introductoria de su libro primer libro No eran la epopeya de estos años nuestros días (UNAM, Punto de Partida), Miguel Donoso Pareja afirma que Gloria sale de lo personal y se sitúa en contexto. Su condición sexual, su pareja y su familia, la ciudad, el maldito dinero (eso no lo dice él, lo digo yo), con fraseo inquieto, nervioso. Por mi parte le pregunté a Gloria por qué rehuía poner títulos a los poemas. La mayor parte están fechados: sep 78; oct 79; una dedicatoria por aquí, otra por allá, pero casi no hay títulos. Ella se encogió de hombros, sonrió como niño atrapado con la mano en el frasco de galletas y me respondió: No son necesarios. Tardé tiempo en comprender el sentido de la respuesta. No son necesarios. Creo que me estaba diciendo que hay muchas cosas en la vida que salen sobrando, que esas cosas más que dar, nos limitan; y ella eligió, desde temprano, deshacerse de lo innecesario. Ni siquiera las considera: no son necesarias.
Incluso en la dedicatoria de su primer libro corta las frases de manera arbitraria. Ella estaba, así lo percibí, colocando la primera piedra de su edificio poético; con ella aclaraba que debía liberarse de todo lo que no fuera estrictamente necesario: las mayúsculas, las comas, los puntos, los cortes, los títulos. Gloria siempre ha rechazado los títulos, sin importar si son universitarios, honoríficos, de nobleza o literarios.

¿Pesimista?

No hace mucho, durante una entrevista publicada en el periódico La Jornada, César Güemes le comentó que en su poesía “hay un muy perceptible tono de pesimismo”.  Ella respondió que sí, que antes, pero que ya no. Que el libro Aguamala es diferente, si no optimista, sí de resistencia, pues ahora ya sabe para qué sirve la palabra, y es una resistencia que no le impide disfrutar el lado amable de México. Por supuesto que coincido con ella, pero además quisiera añadir algo: en Aguamala se desborda una vertiente que se anunciaba desde los primero poemas, pero que quizá necesitaba tiempo para ser decantada. Quienes tenemos la oportunidad de ser sus amigos conocemos su fina ironía, su lado chacotero, la perspicacia con que valora a la gente, su sentido del humor,  que, por fortuna, no es venial. Es intenso y suele ser negro. Y también suele ser poema.
¿Que hay pesimismo? Unas veces. Otras es coraje y desesperación, lamento y dolor, angustia, encabronamiento. También hay ganas de luchar y hay amor por la vida, por la hija, por la gente, por la esperanza. En un poema dice:

Nosotros
padres melancólicos de ahora
que huyen de las multitudes ciegas en la calle
nosotros
pobres poetas de aquí
no entregaremos las armas

o bien en otro lado

ah  poeta
castillo de salsipuedes
de vuelta la misma
-amar es combatir-
sucia historia

Si yo tuviera qué escoger, me quedaría con su sonrisa irreverente, por ejemplo:

Y qué tal si les escribo
el poema del siglo

qué pensaría mi hija
mis amigos  la vecina
mi propia madre

qué tal si les obsequio
la carga de mis culpas

qué tal eh?

Gloria asomó desde el principio un singular humor sedicioso, que luego mostró su pasaporte en el libro Litoral Sin Sobresaltos y que finalmente se desbordó en Aguamala.
Días más o menos, cuando publicó Aguamala, dijo públicamente que ya no quería escribir. En privado, insistió. Yo no le creí. No porque sea mentirosa, al contrario, es muy clara y honesta, sino porque, cuando alguien tiene tanto talento y carga tanto qué decir, le resulta ineludible volver a la pluma. Poco después me mandó el original de su primera novela Las mujeres zurdas bailan suelto, aún inédita.

Otras cosas

Gloria es muchas cosas: una novela inédita, discos donde cantan sus poemas, investigación regional, promoción cultural, animadora de cuates en desgracia, pero es sobre todo la persona que jamás se traiciona. Es la amiga indefectible. Es la voz mesurada que alivia las penas de los amigos. Dice Carlos Fuentes que la “amistad es la gran liga inicial entre el hogar y el mundo. El hogar, feliz o infeliz, es el aula de nuestra sabiduría original pero la amistad es su prueba”[iii]. Ignoro si el hogar donde creció Gloria fue feliz o si sólo transitó por él, una más entre un puñado de niños. Lo cierto es que lleva la amistad como un compromiso irrenunciable.
Unos cientos de kilómetros separan nuestro afecto. Me gustaría tenerla cerca y charlar más a menudo con ella. En una ocasión intenté atraerla, tentarla, a Ciudad Victoria, con una oferta de trabajo. No aceptó. No sé si porque no puede alejarse mucho del puerto o por esa natural indisposición que tiene con la cosa pública. No obstante, colaboró con el Consejo Estatal para la Cultura y las Artes (ahí habríamos trabajado juntos durante seis años de haber aceptado) sin percibir salario.
Aprovecho para destacar algo más: Gloria tarda en publicar, no porque no escriba --escribe mucho--, sino porque selecciona y poda y se asegura de dar a la imprenta textos limpios, definitivos. Y otras veces, cuando ha tenido la oportunidad de publicar, prefiere abstenerse, como en esos días en que andábamos metidos en la aventura de la promoción cultural. Yo le sugería que saliera a dar lecturas, que publicara; pero ella se negaba. Estoy seguro de que era, un poco, porque no lo consideraba necesario; otro poco, por prudencia (ustedes saben cómo se desatan las pasiones y las envidias). Cuánta diferencia entre ella y algún otro escritor, cuyo nombre me reservo porque no vale la pena mencionarlo, que apenas estuvo a cargo del área editorial del gobierno de Tamaulipas, lo primero que hizo fue publicar sus propios libros.
Gloria se aleja de los reflectores literarios y desdeña los cargos públicos. Sin embargo fue solidaria con un proyecto cultural. Quizá por la amistad, quizá creyó que a pesar de estar trabajando en el gobierno éramos decentes. Quizá por todo eso.
Gloria es la amiga esencial. Es también la amante del rock, de los griegos (al menos de los clásicos), de Pound y Eliot. Sus poemas lanzan menudos guiños de complicidad.
Gloria es resumen de una época. Como muy pocos, ha sido capaz de expresar a toda una generación que miró al Che Guevara, a Cuba, como ejemplos de libertad, una generación que llevó a cuestas las represiones del 68 y del 71, que fundó partidos de izquierda mientras buscaban la palabra justa para hablar de amor, pero que también un día vieron a Fidel hacerse viejo y decir barbaridades con alucinante lucidez y que vieron caer el Muro de Berlín, y subir al poder a un anquilosado actor de cuarta en el imperio más grande de la historia. Sí, Gloria expresa a una generación que se sintió perdida, down generation, diría ella, pero que conserva una necesidad permanente de pelear por la justicia.
No se puede hablar de la poesía de Gloria tan sólo viendo aquellas líneas donde el pesimismo truena. No, la poesía de Gloria tiene la dimensión de ella misma y de una generación.
Decía Diderot que “El escritor que sobrevive a su época, es el que sabe expresarla de manera más adecuada y concreta, con el mayor relieve y talento”.
Parece que lo escribió para ella.





[i] Historia de la Literatura en Tamaulipas. Carlos González Salas. UAT. 1985. Cd. Victoria, Tamaulipas.
[ii] Antología Personal. Para quienes en altamar aún velan. Pp. 144
[iii] En esto creo. Carlos Fuentes. Seix Barral. Biblioteca Breve. p. 9

lunes, 26 de mayo de 2014

Coetzee: El maestro de Petersburgo


Autobiografía del dolor intransferible






“la función de la crítica viene definida por el clásico:
la crítica es aquella que tiene la obligación
de interrogar al clásico”

J. M. Coetzee. ¿Qué es un clásico?
Conferencia. Costas Extrañas.



En el epígrafe transcribí esta breve frase de John Maxwell Coetzee, ya que en el mismo ofrece la pauta tanto de su escritura creativa como de su trabajo como crítico, tan respetado y admirado, erudito y profundo, sin ser oscuro. No es sólo el narrador fino y riguroso, es también el aguzado comprendedor de otros autores. Dice, además, que clásico[i] es aquello (arte, música, literatura) que sobrevive al asedio de la barbarie, que se define por la supervivencia. La afirmación constituye una metáfora que si bien no define el asunto –adelanto que tampoco me interesan ahora las definiciones, sino abordar el centro del libro–, ni delimita con precisión el objeto de conocimiento; ofrece, más bien, una luz que nos permite entender su visión acerca de la literatura. La lectura de sus ensayos me dice que hay algo de político y algo de historiador en el crítico literario, algo de cocinero también, que deshecha recetas anacrónicas y coloca como ingrediente principal un aspecto profundamente humano: la supervivencia.

¿Cómo y cuándo llegué a Coetzee? ¿Por qué, de la noche a la mañana me vi buscando sus libros, todos, para leerlos uno tras otro? De él sólo conocía algunas pocas referencias publicada en revistas. No sentía interés por su obra. Ni siquiera cuando le dieran el Premio Nobel en 2003, pero los premios Nobel no siempre me parecen relevantes. No obstante, un día me encontré al poeta Antonio Huerta, conversamos de libros y autores y me dijo que acababa de leer Hombre Lento, le había sorprendido y me lo recomendaba ampliamente. Lo compré, leí y compartí su opinión. Pocas veces encontramos autores que nos colmen, que nos atrapen. Tengo en esa carpeta a Dostoievski, García Márquez, Vargas Llosa, Kafka, Bellow, Philip Roth, Vila-Matas, Bradbury, Borges, Bioy, entre otros. Coetzee se incorporó de inmediato a la lista. Leí luego Esperando a los bárbaros (una metáfora estupenda de una sociedad decadente que sólo aguarda el momento fatal de la invasión bárbara); le siguieron Foe, La edad del hierro, Elizabeth Costello, Desgracia, Infancia, Verano, Juventud, Vida y época de Michael K, En medio de ninguna parte, Diario de un mal año, Aquí y Ahora (intercambio epistolar con Paul Auster) y recientemente La infancia de Jesús; pero hubo uno que me conmovió sobremanera, con la intensidad de Desgracia y de Hombre Lento: El maestro de Petersburgo (1994), que conseguí apenas hace unos meses[ii].

¿El maestro de Petersburgo es una novela? Desde las primeras páginas el libro nos entera de que el personaje central es Dostoievski (para evitar confusiones, cuando escriba Fedor me refiero al personaje de Coetzee; Dostoievski será el escritor del siglo XIX) un reputado escritor en la Rusia del siglo XIX, que viaja a Petersburgo en 1869 porque ha muerto su hijastro. Advertimos entonces que el hijastro del Dostoievski real murió después del escritor. Este hecho nos indica que no se trata de una biografía. Se trata, en todo caso, de un claro ejemplo de metaficción, donde el texto usa la realidad y la confunde con la ficción, recurso que usa admirablemente. Pero además es profundamente autorreferencial, pues aquello que Orhan Pamuk llama el centro secreto[iii] de una novela lo constituye aquí la parte emocional; la historia contada es un pretexto para que el autor ofrezca un homenaje a otro autor y para dejar escapar algo muy personal. El homenaje es para Dostoievski; el asunto personal es muy íntimo y doloroso: la muerte de un hijo. Dice Pamuk que a veces el centro secreto de la novela no es la historia que se cuenta, sino la vida misma. En el Conde de Montecristo, por ejemplo, están la pasión y la venganza como centro. En este caso, el personaje siente que nunca logró entablar una relación de amor con su hijastro, hubo incomprensión entre ambos, separaron sus vidas, y ahora la culpa se aferra al corazón del personaje. Culpa de no acercarse y hablar o romper diques a tiempo, culpa de irse a otro país a vivir, culpa de no hacerse amar. Dolor al encontrar que su hijastro no lo ama y en todo caso lo detesta. Una novela de realismo sicológico, una novela histórica, que esconde una autobiografía del dolor personal, intransferible.

El libro es un claro homenaje, no sólo por usar a Dostoievski como personaje central de la novela, sino porque utiliza algunos nombres de sus novelas y el tema refiere a un hecho de la historia rusa –deformado, falseado, novelado–, que el mismo autor novelizaría en Los Demonios[iv], las andanzas del nihilista Necháiev, un enloquecido terrorista que asesinó a uno de sus colegas más cercanos. El escritor se enteró del hecho por su hijastro y decidió escribir una novela para denunciar lo que a su juicio conduciría a su patria a la ruina. En Los demonios el terrorista se llama Verjovenski. Serguéi Necháiev, para Coetzee y para la historia rusa. Necháiev se muestra perverso. Cree, no que representa al pueblo, sino que ambas voluntades, la colectiva e imaginaria del pueblo y la suya son la misma cosa.  Frases como: "Eso es algo que el pueblo entiende y aprueba. Al pueblo no le interesan los casos individuales. El pueblo ha vivido padecimientos de toda clase desde tiempo inmemorial; ahora, el pueblo exige que sean ellos los que sufran." Se refiere a una lista de personas que serán asesinadas. Y anuncia la existencia de una lista de sacrificados. Es el terror.

En el Diario de un Escritor de Dostoievski leo un pasaje que me parece sería la fuente de uno de los capítulos de El Maestro de Petesburgo: “Veo a un chico aún muy pequeño, de unos seis años o incluso menos, que se despierta una mañana en un sótano húmedo y frío. Sólo lleva puesta una especie de blusa y tirita. Su respiración se escapa en forma de blanco vaho; sentado en un rincón, encima de un baúl, el muchacho mata el aburrimiento exhalando esas nubes de vapor y contemplando cómo se disipan. Pero tiene mucha hambre. A lo largo de la mañana se ha acercado varias veces a la tarima, donde, sobre un jergón tan fino como una torta de aceite, y una especie de hatillo bajo la cabeza a modo de almohada, yace su madre enferma.” En la novela de Coetzee, Necháiev conduce con engaños al escritor hasta un sótano: “Se da la vuelta y contempla el húmedo sótano. ¿Qué es lo que ve? Tres niños ateridos, famélicos, que esperan al ángel de la muerte…. Lo único que ve usted son las miserables circunstancias que prevalecen en este sótano, en el que ni siquiera se debería condenar a vivir a una rata, a una cucaracha. Ve el patetismo de tres niños que se mueren de hambre; si espera un poco, también verá a su madre, una mujer que para traer a casa un mendrugo de pan tiene que venderse por las calles”. La intertextualidad me parece evidente.

¿Se sirvió Coetzee de este libro para esclarecer sus propias emociones respecto de la muerte de su hijo? El tema de la relación de los hijos con los padres parece ser importante para él, como lo fue para Dostroievski[v]. Quizá tuvo una relación difícil con su hijo, lo ignoro, pero la novela, y sus otras novelas, sobre todo las claramente autobiográficas ofrecen algunos datos. Por su parte, Fedor el personaje de la novela está confundido. "No puede pensar, no puede escribir, no puede dolerse ni llorar más que por sí y para sí", escribe Coetzee, y quizá no lo dice por el ruso, sino porque su propio dolor necesitaba ser convocado, exhibido, expulsado. Vale la pena señalar que el autor ruso tuvo un padre como el de Necháiev. Un sujeto borracho, muy agresivo, que murió a manos de los mujiks. Se dice que lo golpearon y le obligaron a beber alcohol hasta que falleció: "Su padre, cada vez más embrutecido, trataba a sus mujiks con extrema crueldad, y ellos, en junio de 1839, lo asesinaron. Dostroievski, quien desde su temprana infancia temía y odiaba a su padre, sintió que el crimen de los campesinos recaía sobre él. Este parricidio, que nunca cometió, pero que secretamente deseaba, podría ser la causa de su epilepsia”, según algunas especulaciones[vi]. Los remordimientos le obsesionaron durante toda su vida y sólo logró expiarlos con su última novela, Los hermanos Karamasov, en la que recreó con sinceridad masoquista las circunstancias y consecuencias morales de ese asesinato".  Si bien la mía es una visión extraliteraria, que debiera centrar la atención en la novela y nada más, encuentro que los fragmentos –en la obra son constantes– donde brota el padre angustiado, atormentado, dolorido son tan crueles y profundos que resulta inevitable pensar que en ellos se depositó la pena del padre.

Fedor viaja, al iniciar la novela, con el aparente fin de recoger las pertenencias de Pavel, el hijastro que se suicidó. El padrastro arriba a la pensión donde aquel vivía, atendido por una mujer aún joven, madre de una pre adolescente, para enterarse de los hechos y recoger las pertenencias. Renta la habitación donde viviera su joven hijastro, huele y usa sus ropas. Se las pone. La narración avanza contenida por una prosa seca, ruda, abrupta y terregosa, emocionalmente profunda. Algo provoca que entre él y la mujer aparezca el sexo. El texto sugiere que la madre y la hija estaban enamoradas de Pavel. La niña entra en conflicto con el padrastro y fastidia la relación entre él y la mujer. El visitante, que sería un huésped temporal, alarga su estancia, a la manera de los personajes de Kafka. En la calle la vida sigue una trama policiaca. Se entera entonces de que su hijastro estaba vinculado a un grupo de nihilistas, cuando la policía interviene y la novela de Coetzee se entrecruza con Los demonios[vii], que a su vez se originó por la guerra personal que su autor sostuvo contra aquella corriente nihilista, terrorista, que tanta influencia tuviera en la vida política de la Rusia del siglo XIX.

La novela se plaga de referencias. La vida y la obra de Dostoievski nutren a El maestro de Petersburgo. Sin embargo, creo que lo mejor de la novela no es la trama. Los fragmentos más impresionantes son aquellos donde se despliegan las emociones de un padre que perdió a un hijo, que quisiera recuperarlo, darle de inmediato el afecto que ya no podrá, un padre que se sorprende al leer en los cuadernos de su hijo el desamor y el rechazo al hombre que desposó a la madre, que reemplazó a su verdadero padre. El padre biológico fue un sujeto de mala vida, pero el hijo, en su fobia contra el padrastro, acabó idealizándolo. Es el drama doloroso de un padre que ama a su hijastro como si fuera propio, que sabe que ya no podrá decirle que lo ama y que busca en el olor perdido en las sábanas, en la mujer, en la tierra que cubre la tumba, una forma de comunicarse con él y restablecer el equilibrio perdido.

El personaje central -Fiódor- es un hombre perdido en el dolor, dubitable, que busca al hijo y se busca en él, cree que debe recuperar los papeles de Pavel, que conserva la policía, pues de alguna forma estarían en ellos la clave para reconocer al hijo perdido y recibir el perdón. Recuperará, al final de la historia, su vocación de escritor. Y sabrá que escribir es un acto de traición. Sus personajes: Fedor, la hostelera y su hija, el hijo muerto, el nihilista, el policía, pertenecen al museo de personajes de Dostoievsky. La referencia es entonces múltiple, el homenaje es evidente. Son arquetipos, es el buen sentido de la palabra. Hay autores que abren puertas y autores que las cierran. Dostoievski pertenece al primer grupo. También Coetzee abre puertas. Me pregunto si en el futuro algún Harold Bloom lo incorporará al Canon de Occidente.

¿Y cuál es el centro secreto de esta novela? Mientras la leía me preguntaba cuál era el asunto central propuesto por el autor. Me explico: busqué opiniones y críticas a la obra y, finalmente, encontré mi respuesta. Quienes han estudiado su obra coinciden en señalar la influencia de Ford Madox, Beckett, Kafka y Dostoievski. Supongo que habría que añadir a Daniel Defoe, otro maestro de la metaficción, a quien también rinde homenaje y críticas con Foe, novela que supone otra visión del Robinson Crusoe, gracias a la inclusión de un personaje femenino. Como ellos, usa sus dolores y circunstancias para escribir. Creo que el centro secreto es el dolor del padre, que se resuelve en la escritura. "Si hoy escribe con tanta claridad –narra casi al final del libro– es porque ya no está escribiendo para que ella lo lea. Está escribiendo para sí mismo, está escribiendo para la eternidad. Escribe para los muertos… Ha traicionado a todos; tampoco entiende que esas traiciones podrían ir aún más allá. Si alguna vez quiso saber si la traición sabe más a vinagre o a hiel, ahora ha llegado el momento.”

Coetzee es reacio a las entrevistas, se niega a mencionar su vida y usa el correo electrónico para responder preguntas de manera escueta y seca. El entrevistador John Carlin afirma que “Coetzee es uno de esos genios que padecen el síndrome de Greta Garbo. Desea que se le quiera por su arte, pero sólo por su arte. Él prefiere mantenerse apartado del mundo. Es un ermitaño…[viii] A pesar de ello, encontré un artículo –un solitario artículo en el maremágnum de la Internet– que comenta la muerte del hijo, a los veintitrés años, al caer de un balcón. Huelga decir que este parece ser el centro secreto de la novela. Además, el cáncer le arrebató a la esposa. Tal parece que se niega a hablar de las tragedias personales, pero en su escritura da salida a su hermetismo. Un ejemplo de la fuerza emocional que fluye constantemente por la narración:

“Aprieta la frente contra el tejido y muy débilmente le llega el olor de su hijo. Respira hondo una y otra vez, pensando: es su espíritu, que entra en mí.”

O bien:

“…hace diez días que Pável ha muerto. Con cada día que pasa, los recuerdos que aún puedan flotar en el aire como las hojas de otoño van cayendo al barro, y allí son pisoteados, o bien se los lleva el viento por los cielos cegadores. Solamente él aspira a recoger y a conservar esos recuerdos. Todos los demás suscriben el orden que impone la muerte primero, el duelo y el llanto después, y luego el olvido. Si no olvidamos, dicen, pronto el mundo no será más que una inmensa biblioteca”. 

Sé que es una visión extraliteraria[ix]. Afirmar que el origen –el centro, diría Orhan Pamuk– de la novela se encuentra en el dolor del padre-autor es una mera suposición. Todos los artículos que leí insisten en la relación evidente entre Dostoievski y Coetzee, poco ven los textos que muestran el dolor del padre. Me parece que el autor buscó reconocer a Dostoievski y al mismo tiempo usarlo para liberar su propia condición de padre mutilado. Cuando se leen los fragmentos del hombre que lamenta la pérdida del hijo, cuando narra cómo intenta invadir el espacio que ocupaba el hijo muerto a través de la cama y la ropa e incluso de la que quizá fuera su mujer, cuando leemos los lamentos, comprendemos que el dolor terrible de perder a un hijo es interminable e intransferible. Es una suposición que se fundamenta en la exigencia de Coetzee, cuando lo entrevistan, de no preguntar nada de su esposa y su hijo fallecidos. Poco se sabe de Coetzee, con todo y su autobiografía en tres tomos. Que es sudafricano. Que nació en Ciudad del Cabo en 1940 y muy joven abandonó su tierra y ha radicado en Gran Bretaña, Estados Unidos y Australia. Lo que sabemos está contado en sus libros autobiográficos[x] Ese afán de verse desde lejos, a distancia, como si fuera otro, no descarta del todo sus emociones. Un hombre hastiado de la violencia que asola a Sudáfrica, pero que sabe que no es exclusiva, que la humanidad se agrede en todo el mundo:

“Él lee las noticias y se siente sucio. ¡De modo que es a esto a lo que ha regresado! Sin embargo, ¿en qué lugar del mundo puede uno esconderse donde no se sienta sucio? ¿Acaso se sentiría más limpio en las nieves de Suecia, leyendo desde la lejanía acerca de su gente y las diabluras más recientes a que se entregaban?”

Cuando se fue a radicar a Australia (2002), un año antes de recibir el Premio Nobel, comentó a un amigo que estaba escribiendo una nueva novela, éste le apuró a inscribirse en una oficina gubernamental para que le dieran, de seguro le darían, con sus antecedentes, una subvención. Se sorprendió. En Sudáfrica –dijo el escritor– el gobierno nunca ha apoyado a los escritores y la única oficina relativa a ellos fue creada para censurarlos[xi]. No podía venderse un libro hasta que el anónimo comité de censores lo autorizara. Vivió su infancia en un lugar seco, difícil, agreste, dudando del idioma que hablaba –inglés, la familia; afrikáner, sus congéneres–, inmerso en una sociedad de judíos, católicos y protestantes y una familia no practicante, con un padre abogado de poca presencia en el hogar, más bien rechazado por su fracaso (dilapidó el dinero, endeudó a la familia), distante de la cultura predominante que imponía el racismo, lejos de la sofisticación de las urbes. Siendo joven decidió estudiar matemáticas, luego Lengua y Literatura Inglesa, se supo escritor y se fue a Inglaterra a buscar destino, trabajó para la IBM.

En 1965 abandonó Londres y se dirigió a Estados Unidos, donde se doctoró en Lingüística y Literatura en la Universidad de Texas, en Austin. Allí conoció a grandes profesores: Roger Shattuk, Ricardo Gullón, Borges, Octavio Paz, Alberto de la Cerda, Charles Olson, Robert Criley, según nos cuenta Javier Marías[xii]. Estudió la obra de Ford Madox Ford, tuvo la fortuna de encontrar los cuadernos en que Samuel Beckett había escrito la novela Watt mientras se escondía de los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial; descubrió también el origen de su apellido, se inconformó con el gobierno americano y se fue de nuevo a su tierra. En 1968 se mudó a Buffalo para trabajar en la Universidad Estatal de Nueva York. Coetzee comenzó a escribir la memoria familiar. Esa fue su primera novela: Dusklands (Tierras de Poniente). Después de tres años regresó a Sudáfrica en 1971. Fue profesor de literatura en la Universidad de Ciudad del Cabo hasta su jubilación. En Australia es profesor en la Universidad de Adelaida, pasa un semestre al año en la Universidad de Chicago. Vegetariano. Divorciado. Con una hija. Descree de los géneros literarios. Pasea en bicicleta. Y no sé si ser abstemio, como lo es, sea de temerse, como diría el escritor tampiqueño Arturo Castillo Alva.

Tanto Coetzee como Dostoievski vivieron fuera de su país; ambos se fueron por necesidad. Coetzee, para escapar de la censura, la opresión, para encontrar un camino, deambuló por Inglaterra, Estados Unidos -de donde se fue por su activismo-, Australia. El ruso, acosado por las deudas heredadas de su hermano muerto y las propias huyó a Europa, donde aprendió a odiar Alemania. Todos los artículos inciden en Dostoievski, poco ven los textos que muestran el dolor del padre. Me parece que el autor buscó reconocer a Dostoievski y al mismo tiempo usarlo para liberar su propia condición de padre mutilado.

Su estilo es siempre muy directo y rudo, cuenta con un ritmo constante que alterna frases largas y cortas. Atmósfera pesada. Su registro está por encima del habla popular, pero sin recargos ni ostentación de cultura. Creo que pertenece a la estirpe de escritores como Günter Grass, autores comprometidos con la vida, la realidad, la sociedad, los desamparados, sin ser evidente. Hay entre ellos diferencias de personalidad. El Nobel alemán actúa, escribe artículos y declara, mientras que Coetzee se concentra en el trabajo literario, rechaza la vida mediática, aborrece hablar. Leerlo deja un regusto acre.

Coetzee es pasional y lúcido, inteligente y emotivo, las ideas conducen su prosa, pero su pluma es el corazón. Creo que este libro es el horno donde transmutó Coetzee su pesadumbre. Hurtó el dolor de su propia vida, la rehízo con matices nuevos, aprovechó mitos, autores amados, para construir un asunto poderoso. Preguntó al clásico, se preguntó, hurgó en las respuestas y escribió un libro de búsqueda y viaje. Viaje a una ciudad para buscar a un hijastro que murió, al interior de sus emociones para encontrar los propios sentimientos, al remordimiento. Pero también hay viaje al interior, al yo reflexivo encubierto, el yo del autor que emparenta con el drama, con la muerte del propio hijo. Una historia en dolorosos en veinte capítulos.






¿Qué es un clásico? Una conferencia. Costas Extrañas. Ensayos 1986-1999. Ediciones de bolsillo. Contemporánea. 2011.
II Es curioso. Las librerías suelen acomodar los libros de manera fácil, para que el lector los encuentre, y lo más común es usar la primera letra del apellido. Por lo tanto, autores como Coelho y Coetzee departen y comparten en el estante, en la letra C). Por otro lado, los autores que me han conmovido guardan algo en común: yo. Son disímbolos. Y si busco mucho podría pensar que entre Coetzee, Vila-Matas y Borges hay cierto tufillo, una literatura plagada de referencias o un Kafka que asoma la nariz; y quizá lo maravilloso en García Márquez tenga otra forma de vida en Bradbury.
III Orhan Pamuk. El novelista ingenuo y sentimental. Dice “En las novelas bien construidas todo está relacionado con todo lo demás, y esta red de relaciones crea, por un lado, la atmósfera del libro y, por el otro, señala su centro secreto...”  “El lector de novelas literarias sabe que cada árbol del paisaje –cada persona, objeto, hecho, anécdota, imagen, recuerdo, información y salto en el tiempo– está ahí para resaltar el significado más profundo, el centro secreto que se halla en algún lugar bajo la superficie”.
IV Por ejemplo: Anna se llamó la esposa de Dostoievski y el personaje femenino de Coetzee. Pável, personaje los Karamazov y de Coetzee. Maximov es el terrateniente de Los Hermanos Karamazov y el policía de Coetzee.
En el Diario de un escritor, Dostoievski se refiere constantemente al maltrato de niños y jóvenes, y a los suicidios. En el prólogo Víctor Gallego Ballestero apunta: “Los casos que más interesan al escritor son, desde luego, los relacionados con los malos tratos infantiles y con el suicidio”. En este Diario –versión Kindle- observé cincuenta y cuatro veces la palabra suicidio-suicida, la mayoría relacionadas con jóvenes.
VI http://www.solidaridad.net/educacion-y-solidaridad/index.php/19-biografia-de-dostoievski
VII En una carta incluida en Diario de un Escritor, Dostoievski dice: “Entre los sucesos descollantes que han podido influir en mi narración ha de incluirse el célebre asesinato de Ivánov por Nescháyev, en Moscú”. Los hechos de Demonios constituyen el mismo marco de la novela de Coetzee.
VIII http://elpais.com/diario/2002/11/30/babelia/1038616750_850215.html
IX Las críticas neomarxista, neohistoricista, feminista y similares deforman la literatura, la colocan al servicio de una ideología; es indudable, sin embargo, que la vida del autor, sus circunstancias, con ello quiero decir que influyen en su obra el peso de sus penas emocionales y sus miserias afectivas, la moldean, la deforman, la conducen por vericuetos a veces extraños, a pesar de él mismo. A veces la usa para ir contra ella, a veces a favor, a veces para eludirla, pero siempre está presente.
Infancia, Juventud y Verano, tres libros que cuentan su vida desde una cierta distancia, como si fuera a hablar de otro. Verano es un supuesto cuaderno de notas de Coetzee, del cual parte un periodista para entrevistar a cuatro mujeres y un hombre, acerca del escritor ya fallecido John Coetzee.
XI http://www.youtube.com/watch?v=1CGf-rNoSbQ
XII http://www.javiermarias.es/COETZEE/coetzeenobel.html