lunes, 18 de mayo de 2015

Cheever, el diario y Farragut

Los últimos años he leído diarios de escritores. Algunos son intensos, una delicia, no sólo por el oficio de quien lo escribe, sino porque muestran las costuras de su escritura. El Cuaderno Gris de Josep Pla, Diarios de Franz Kafka, de Fernando Pessoa, por ejemplo. Algunos son de tamaño descomunal, como La vida de Samuel Johnson o el de Robert Musil, cuyo primero de dos tomos tiene más de ochocientas páginas de letra minúscula; otros son más breves, como el de Jules Renard y el de Andre Gide, o francamente pequeños, como el que compré de Pessoa en una feria del libro en la Plaza de la Constitución de Querétaro.


Soy un desastre para leer. Empiezo un dietario, lo suelto y tomo otro, y otro más, y al paso de los meses veo que avanzo en todos, que los subrayo y con letra agazapada e indescifrable, incluso a veces para mí, dejo escrito en el margen algo que pensé, que debatí, que me iluminó durante la lectura. Quiero leer todo de una vez. Sé que la vida no me dará el tiempo suficiente. Quizá por eso.

Recuerdo el momento cuando me topé en la librería Gandhi de Querétaro con los Diarios de John Cheever (1912-1982), editado por Emecé, encuadernado con tapas duras e impreso en papel cultural. Ha de estar carísimo, pensé, de los que no bajan de quinientos pesos. Lo saqué del estante con el deseo inmediato de comprarlo y el temor al precio. Y vaya sorpresa: noventa y nueve pesos.

Es el único que no pude soltar. Una vez iniciada la lectura, se apoderó de mí la urgencia de continuar. El tono, la calidad del texto, la presencia de los conflictos emocionales lo vuelve tan legible como una buena novela. Aclaro que, según el editor, es sólo el veinte por ciento de lo que escribió a máquina y a mano. Podar el texto original debió de ser un trabajo abrumador.

Desde el primer párrafo se evidencia el talento del escritor: “En la madurez hay misterio, hay confusión. Lo que más hallo en este momento es una suerte de soledad. La belleza misma del mundo visible parece derrumbarse, sí, incluso el amor. Creo que ha habido un paso en falso, un viraje equivocado, pero no sé cuándo sucedió ni tengo esperanzas de encontrarlo”.

Uno de los aspectos fundamentales de los Diarios es el proceso que sigue para animarse escribir, a lo largo del tiempo, de su homosexualidad. Reprimida en principio, tratada con sutileza en sus primeros cuadernos, hasta que gana terreno y decide hablar de sus asuntos personales con mayor soltura. La novela Falconer (1977) es una de sus obras más acabadas, donde trata el tema con brillantez y sin temores, aunque también con un gran talento para no ser evidente, un tratamiento sutil empodera al libro.

Exhibe su necesidad de escribir, la ansiedad por tratar esos temas íntimos que lo persiguen y sus afanes por lograr una obra importante: “Si escribo prosa narrativa, como hago a veces, debo aceptar estas limitaciones. No es posible que cada línea sea un clamor del corazón tallado en piedra. Pero me rebelo contra el lenguaje común, la cualidad de relleno que encuentro en mi obra, y trato de escapar… Pero puesto que no nací con un acento fuerte, debo hacer lo que pueda con lo que tengo[i].

Las preocupaciones personales siempre lo atormentaron. Paulatinamente avanzan las referencias, el escritor se atreve. Cuenta aventuras imaginarias con hombres y se justifica diciendo que sólo son fantasías. Pero algún momento se vuelven reales y escribe sus aventuras y sus dolores espirituales, rechazarse. Hay en él una disyuntiva brutal. “Este cambio y movimiento –escribe– parece apaciguar o curar mis ansiedades homosexuales, y contemplo alegremente la gente que va y viene[iii]. El libro transita de expresiones duras a tonos poéticos. Salta de sus obsesiones sexuales a sus obsesiones escriturales. “Era el año en que todo el mundo en Estados Unidos estaba preocupado por la homosexualidad. También había otros motivos de preocupación, pero mientras estas ansiedades eran objeto de artículos, discusiones y publicidad, las referidas a la homosexualidad permanecían ocultas y tácitas. ¿Lo es? ¿Lo fue? ¿Lo hicieron? ¿Lo soy?[ii] Nos cuenta cómo preparo algún relato, exhibe su oficio, piensa que es un tragedia que los hombres seamos incapaces de ayudarnos, de comprendernos.

Vivió mucho tiempo de sus cuentos, que le publicaba el New Yorker, y sufrió lo indecible para volverse novelista. Se cuenta que su primera novela fue rechazada por el editor; al volver a casa tiró el manuscrito al tarro de basura en una estación de tren y se fue a escribir cuentos, pues necesitaba pagar las facturas de su hogar.

Un día necesitó más dinero, así que presionó a The New Yorker para que le pagaran más, y como le negaron el aumento, consiguió que le quintuplicaran el pago en revistas menos importantes. Publicó, entonces, en otras, incluida Playboy, asunto que tensó su relación con sus editores de siempre.  Era un autor productivo y brillante, reconocido, en plenitud. Los editores de revistas se peleaban sus historias. Tan sólo The New Yorker le publicó 121 cuentos a lo largo de su vida. Él, en la intimidad, admiraba a William Faulkner y lo releía.

Cuenta su hijo Benjamín que su padre consideró publicar sus Diarios en vida, se los ofreció a leer, incluso, buscando una opinión --creo que supuso que al dar a conocer al público su vida íntima podría afectar a sus hijos; al solicitar a Benjamin que lo leyera buscaba en realidad el filtro familiar, la aceptación del riesgo, compartirlo--. Coincidieron en que sería mejor que se editaran después de su muerte. Para entonces su familia estaba al tanto de su bisexualidad y su esposa, Mary Winternitz, soportó pacientemente sus largos años de alcoholismo y sus aventuras sexuales.

Desde que leí los Diarios deseé leer Falconer. Poco antes de que Modiano recibiera el Nobel, encontré en Amazon la versión digital. Trata de un profesor adicto a la heroína, que proviene de una familia adinerada venida a menos. Va a dar a la cárcel por haber asesinado a su hermano. En la reclusión descubre su homosexualidad cuando se enamora. Farragut, el personaje central de Falconer lo conoce en la regadera. Advierte que un joven del­ga­do, de ca­be­llo negro le sonríe. Es Jody. Farragut hace de él su mejor amigo y luego su amante. Más tarde se pregunta: “¿por qué deseaba tanto a Jody cuando había pensado tantas veces que su papel en la vida era poseer a las mujeres más hermosas? Las mujeres estaban en posesión del mayor y más gratificante de los misterios. Había que abordarlas en la oscuridad, y, a veces, aunque no siempre, poseerlas en la oscuridad. Eran una esencia, fortalezas sitiadas que valía la pena conquistar y, una vez conquistadas, de ellas manaba el botín”.[iv]

Farragut se fuga, olvida su vida anterior y descubre que puede vivir de otra manera, conforme a sus intereses y deseos. ¿Será cierto que ésta es la novela de su autoría más amada por él? Eso dice una nota del editor. Preso, Farragut sufre carencias, el abandono de su bellísima esposa, la pestilencia de las heces y la orina, la necesidad urgente de consumir heroína, la suciedad y los abundantes gatos y ratas, la depresión, la corrupción. ¿Es Farragut el alter ego de Cheever? ¿Han perdido,  autor y personaje, todos sus miedos?  Sus diarios son una lectura tan recomendable como sus novelas y cuentos, pero es indudable que la lectura de sus pensamientos más íntimos permite leer su obra creativa con otros ojos.

Un asunto curioso: En su juventud, expulsaron a Cheever de la Academia Thayer por fumar. Ahí culminó su educación formal. En la página de Wikipedia correspondiente a dicha academia mencionan entre sus alumnos notables Cheever, ganador del premio Pulitzer. Como los políticos que apoyan con miserias a los deportistas, pero se fotografían con ellos cuando ganan la medalla.


[i]
 Diarios. John Cheever. Ed. Emecé. España, 2006. P. 161.
[ii] Ibid. P.159
[iii] Ibid. P. 175
[iv] Falconer. John Cheever. Edición digital: RBA Libros, S.A., 2013. Barcelona, España. P. 144





viernes, 13 de marzo de 2015

Aprovecho un momento libre y dejo una nota


Releo los Diarios, de John Cheever. 

Minutos después abro un libro de Rodrigo Fresán, autor que quiero conocer: La parte inventada. Arranca con un epígrafe de Cheever: "La literatura no es autobiografía en código, y no es acontecimientos reales. No estoy escribiendo mi autobiografía y no escribo cosas según me sucedieron, excepción hecha del uso de ciertos detalles: tormentas y ese tipo de cuestiones. No, no es nada que me haya sucedido. Es tan sólo una posibilidad. Es una idea". ¿Se curaba en salud? Su bisexualidad se refleja en varios de libros, Falconer, por ejemplo, y en los Diarios se despliega, poco a poco, de la auto represión hasta volverse franca. 

Por otro lado, la vida está hecha de coincidencias, como la de Cheever y Fresán, y de voluntades. La voluntad de cada quien: se propone abrir una confitería, estudiar derecho, comprar una escalera y pintar el muro de la casa. O bien coinciden dos personas del mismo pueblo, que no se ven desde hace cuarenta años, en Brujas, comprando chocolates rellenos de cereza. Se detestan mutuamente o se conocen poco, o fueron grandes amigos en la adolescencia. Ahora se sorprenden de encontrarse ahí y se abrazan, comentan la tremenda casualidad, dicen que sería bueno ir a comer juntos, a cenar, pero no lo hacen, están nerviosos, como si los hubieran atrapado cometiendo un ilícito. Se despiden luego de pagar sus cuentas respectivas y salen a la calle con su bolsa de chocolates en la mano. Sonríen.

¿Qué pasa cuando se reúnen voluntades y coincidencias? Ricardo Piglia cuenta cómo en dos épocas encontró cartas interconectadas, de dos emisarios desconocidos para él, en recovecos de dos hoteles diferentes.  Quiero creer que intentó un cuento, sintió que no era creíble y lo sacó a la luz como si fuera un hecho verdadero. Y de tan increíble se vuelve real. Paul Auster es la suma de coincidencias. ¿Por eso me gusta tanto su trabajo?


El juego de fingir coincidencias, diría Borges.

miércoles, 4 de marzo de 2015

Una decisión, una mancha que permanece

"Hacer el bien a los demás, empujar la rueda del progreso, y no pasar como una sombra vana que no deja huella alguna a su paso", escribió André Gide en su Diario, el 15 de mayo de 1888. Apenas lo había iniciado el 18 de febrero. Como fundador de Gallimard rechazó un manuscrito: En Busca del Tiempo Perdido, de Proust. Luego se lamentó, se disculpó, le envió cartas exhibiendo su vergüenza. Amistaron, pero Marcel nunca lo perdonó del todo. 

El mundo de la literatura lo recuerda como un error, una mancha en el expediente del escritor y editor que no supo reconocer uno de los más grandes talentos de la literatura mundial. Cómo pesa en la biografía de Gide un asunto, una decisión circunstancial, un instante. 

lunes, 9 de febrero de 2015

La dimensión poética de Gloria Gómez Guzmán



Guillermo Lavín

El Programa de Estímulo a la Creación y al Desarrollo Artístico de Tamaulipas reconoció este fin de semana a Gloria Gómez Guzmán como Creadora Emérita. No cabemos de gusto. Este reconocimiento se tardó mucho en llegar, si alguien lo ha merecido desde que se fundó el programa, antes llamado Fondo para la Cultura y las Artes, es Gloria. Para celebrarlo, comparto este texto que escribí para un reconocimiento que le dieron en Monterrey, creo que en el 2007, y que luego fue prólogo, para mi orgullo, de  una antología de su obra.  

No me resulta fácil

La cercanía, la amistad, el haber recorrido juntos algunos trechos y sueños en la promoción cultural me dificultan hablar de su obra y su persona. Se confunden en mi memoria algunos poemas con esos momentos, recuerdo unos textos más que otros, quizá porque tuve la oportunidad de releerlos un poco más, sobre todo aquellos que tuve la suerte de diseñar para una revista literaria, A Quien Corresponda, donde ambos buscábamos abrir espacios a las letras, tan reducidos siempre.
Así, creí que sería mejor seguir un camino irregular, algo así como un conjunto de notas, cuya único hilo conductor sería Gloria.

Gloria es poeta

No intento decir algo que es obvio: ustedes y yo sabemos que escribe poesía. Me refiero entonces a que ES poeta. Diría que llega al extremo de vivir como poeta. Un tanto solitaria, con sus libros y sus gatos, que tanto defiende. Esos gatos son a menudo un inmenso obstáculo a la amistad. Ella viene a veces a Ciudad Victoria y llega a nuestra casa. Pasamos un par de días muy bien, conversamos e intercambiamos noticias de los conocidos, algunos desconocidos, y otros que quisiéramos ver muertos. Pero hay un momento en que a ella le brinca el recuerdo de sus gatos y le sacude la urgencia de volver a su casa. Qué tal si les falta agua o uno de ellos tiró al suelo el alimento y están sufriendo. A partir de ese momento ya no está en paz. Se tiene que ir. Y se va.

El Grupo Tampico

Conste que no me refiero al poderoso grupo económico, del que algunos dicen que fue artífice del ascenso de Fox, hablo del otro grupo Tampico, uno que se formó en los años setenta en torno a un taller literario conducido por el escritor Armando Adame --quien arribaba de SLP periódicamente--, tuvo dos miembros que destacaron de inmediato: Gloria Gómez Guzmán y Arturo Castillo Alva. Ambos eran escritores y eran también pareja. Formaban parte también José Guadalupe Galicia, Roberto Perales y Víctor Palacios.
Del trabajo publicado en un cuadernillo por este grupo, Carlos Gonzáles Salas dijo que, para su gusto, “es Gloria Gómez a la que yo encuentro más profunda y definida, la más hecha de los jóvenes poetas tampiqueños… muestra con toda transparencia la conciencia de una generación mirando a su tiempo y a su alrededor”[i].
Si hubiera que definir de alguna manera estos dos escritores –Gloria y Arturo--, parafraseando un título inédito de Gloria, opinaría que escribían zurdo. Ella transitaba entonces su década de los veinte, tenía una hija, y había recibido por toda herencia un país vencido y pobre, velado por la demagogia y la dictablanda presidencial, un país que negaba oportunidades a su gente. Sin remedio, Gloria tuvo que mirar a otro lado para forjarse una ilusión.

Déjenme mostrar unos fragmentos que lo reflejan:

Es terrible ser pobre
termina uno siendo mezquino
si se es egoísta
destructivo y además pobre
uno es un desastre
(sobre todo para otros pobres
especialmente para uno mismo)
…..
A los pobres de ahora no les han dejado ni la ira [ii].


Aunque debo decir que Gloria, mujer inteligente, con una carrera universitaria, culta, siempre ha tenido lo que cualquiera llamaría buenas oportunidades laborales. Pero no le interesaron entonces ni le interesan ahora: ella está segura de que interfieren con su libertad creativa. Así que sólo toma lo necesario. Y creo que tiene razón. Aunque tal vez también se negó a esas oportunidades porque en el fondo de su corazón, si le llegara un costal de dinero o de fama, se sentiría culpable.

Los títulos innecesarios

Conocí a Gloria gracias a mi hermano Jesús. Estudiaron juntos en la facultad de Derecho, en Tampico, en los años setenta. Por supuesto que yo coincido con ustedes: ella no parece abogada. Ni lo es. Ni intenta serlo. Ahora es investigadora y maestra en la antes llamada Facultad de Música.
Por mi parte, no podía imaginar aquel mediodía, cuando me llamó mi hermano por teléfono para pedirme que recibiera a una gran amiga y compañera suya de sus días de estudiante, que estaba a punto de conseguir una amiga para siempre. Ella había pasado a saludar a Jesús. Algo comentaron, creo que buscaba publicar un libro de su compañero Arturo Castillo Alva. Yo trabajaba en el Instituto Tamaulipeco de Bellas Artes y tenía a mi cargo un programa editorial. Después de conversar un rato, me di cuenta que estaba ante una mujer extraordinaria. Poco después leí su primer libro. Desde entonces pienso que es una de las poetas mexicanas más importantes. Y si Gloria no es más famosa, es porque a ella no le interesa.
Gloria mantenía, cuando la conocí, una actitud combativa hacia la vida, pero sufría –usaré un adverbio que a ella le gusta mucho usar en la charla-- horriblemente. Todos los males del mundo y del país, de la región y la ciudad y del barrio eran sus propios males. La angustia se le reflejaba en el ceño cuando se tocaban esos temas en la conversación nocturna sazonada  con una bebida.
Esa perspectiva se refleja en el contenido de los primero poemas, pero también en el rechazo a las mayúsculas, a la manera de dividir palabras, en los poemas sin título. En la nota introductoria de su libro primer libro No eran la epopeya de estos años nuestros días (UNAM, Punto de Partida), Miguel Donoso Pareja afirma que Gloria sale de lo personal y se sitúa en contexto. Su condición sexual, su pareja y su familia, la ciudad, el maldito dinero (eso no lo dice él, lo digo yo), con fraseo inquieto, nervioso. Por mi parte le pregunté a Gloria por qué rehuía poner títulos a los poemas. La mayor parte están fechados: sep 78; oct 79; una dedicatoria por aquí, otra por allá, pero casi no hay títulos. Ella se encogió de hombros, sonrió como niño atrapado con la mano en el frasco de galletas y me respondió: No son necesarios. Tardé tiempo en comprender el sentido de la respuesta. No son necesarios. Creo que me estaba diciendo que hay muchas cosas en la vida que salen sobrando, que esas cosas más que dar, nos limitan; y ella eligió, desde temprano, deshacerse de lo innecesario. Ni siquiera las considera: no son necesarias.
Incluso en la dedicatoria de su primer libro corta las frases de manera arbitraria. Ella estaba, así lo percibí, colocando la primera piedra de su edificio poético; con ella aclaraba que debía liberarse de todo lo que no fuera estrictamente necesario: las mayúsculas, las comas, los puntos, los cortes, los títulos. Gloria siempre ha rechazado los títulos, sin importar si son universitarios, honoríficos, de nobleza o literarios.

¿Pesimista?

No hace mucho, durante una entrevista publicada en el periódico La Jornada, César Güemes le comentó que en su poesía “hay un muy perceptible tono de pesimismo”.  Ella respondió que sí, que antes, pero que ya no. Que el libro Aguamala es diferente, si no optimista, sí de resistencia, pues ahora ya sabe para qué sirve la palabra, y es una resistencia que no le impide disfrutar el lado amable de México. Por supuesto que coincido con ella, pero además quisiera añadir algo: en Aguamala se desborda una vertiente que se anunciaba desde los primero poemas, pero que quizá necesitaba tiempo para ser decantada. Quienes tenemos la oportunidad de ser sus amigos conocemos su fina ironía, su lado chacotero, la perspicacia con que valora a la gente, su sentido del humor,  que, por fortuna, no es venial. Es intenso y suele ser negro. Y también suele ser poema.
¿Que hay pesimismo? Unas veces. Otras es coraje y desesperación, lamento y dolor, angustia, encabronamiento. También hay ganas de luchar y hay amor por la vida, por la hija, por la gente, por la esperanza. En un poema dice:

Nosotros
padres melancólicos de ahora
que huyen de las multitudes ciegas en la calle
nosotros
pobres poetas de aquí
no entregaremos las armas

o bien en otro lado

ah  poeta
castillo de salsipuedes
de vuelta la misma
-amar es combatir-
sucia historia

Si yo tuviera qué escoger, me quedaría con su sonrisa irreverente, por ejemplo:

Y qué tal si les escribo
el poema del siglo

qué pensaría mi hija
mis amigos  la vecina
mi propia madre

qué tal si les obsequio
la carga de mis culpas

qué tal eh?

Gloria asomó desde el principio un singular humor sedicioso, que luego mostró su pasaporte en el libro Litoral Sin Sobresaltos y que finalmente se desbordó en Aguamala.
Días más o menos, cuando publicó Aguamala, dijo públicamente que ya no quería escribir. En privado, insistió. Yo no le creí. No porque sea mentirosa, al contrario, es muy clara y honesta, sino porque, cuando alguien tiene tanto talento y carga tanto qué decir, le resulta ineludible volver a la pluma. Poco después me mandó el original de su primera novela Las mujeres zurdas bailan suelto, aún inédita.

Otras cosas

Gloria es muchas cosas: una novela inédita, discos donde cantan sus poemas, investigación regional, promoción cultural, animadora de cuates en desgracia, pero es sobre todo la persona que jamás se traiciona. Es la amiga indefectible. Es la voz mesurada que alivia las penas de los amigos. Dice Carlos Fuentes que la “amistad es la gran liga inicial entre el hogar y el mundo. El hogar, feliz o infeliz, es el aula de nuestra sabiduría original pero la amistad es su prueba”[iii]. Ignoro si el hogar donde creció Gloria fue feliz o si sólo transitó por él, una más entre un puñado de niños. Lo cierto es que lleva la amistad como un compromiso irrenunciable.
Unos cientos de kilómetros separan nuestro afecto. Me gustaría tenerla cerca y charlar más a menudo con ella. En una ocasión intenté atraerla, tentarla, a Ciudad Victoria, con una oferta de trabajo. No aceptó. No sé si porque no puede alejarse mucho del puerto o por esa natural indisposición que tiene con la cosa pública. No obstante, colaboró con el Consejo Estatal para la Cultura y las Artes (ahí habríamos trabajado juntos durante seis años de haber aceptado) sin percibir salario.
Aprovecho para destacar algo más: Gloria tarda en publicar, no porque no escriba --escribe mucho--, sino porque selecciona y poda y se asegura de dar a la imprenta textos limpios, definitivos. Y otras veces, cuando ha tenido la oportunidad de publicar, prefiere abstenerse, como en esos días en que andábamos metidos en la aventura de la promoción cultural. Yo le sugería que saliera a dar lecturas, que publicara; pero ella se negaba. Estoy seguro de que era, un poco, porque no lo consideraba necesario; otro poco, por prudencia (ustedes saben cómo se desatan las pasiones y las envidias). Cuánta diferencia entre ella y algún otro escritor, cuyo nombre me reservo porque no vale la pena mencionarlo, que apenas estuvo a cargo del área editorial del gobierno de Tamaulipas, lo primero que hizo fue publicar sus propios libros.
Gloria se aleja de los reflectores literarios y desdeña los cargos públicos. Sin embargo fue solidaria con un proyecto cultural. Quizá por la amistad, quizá creyó que a pesar de estar trabajando en el gobierno éramos decentes. Quizá por todo eso.
Gloria es la amiga esencial. Es también la amante del rock, de los griegos (al menos de los clásicos), de Pound y Eliot. Sus poemas lanzan menudos guiños de complicidad.
Gloria es resumen de una época. Como muy pocos, ha sido capaz de expresar a toda una generación que miró al Che Guevara, a Cuba, como ejemplos de libertad, una generación que llevó a cuestas las represiones del 68 y del 71, que fundó partidos de izquierda mientras buscaban la palabra justa para hablar de amor, pero que también un día vieron a Fidel hacerse viejo y decir barbaridades con alucinante lucidez y que vieron caer el Muro de Berlín, y subir al poder a un anquilosado actor de cuarta en el imperio más grande de la historia. Sí, Gloria expresa a una generación que se sintió perdida, down generation, diría ella, pero que conserva una necesidad permanente de pelear por la justicia.
No se puede hablar de la poesía de Gloria tan sólo viendo aquellas líneas donde el pesimismo truena. No, la poesía de Gloria tiene la dimensión de ella misma y de una generación.
Decía Diderot que “El escritor que sobrevive a su época, es el que sabe expresarla de manera más adecuada y concreta, con el mayor relieve y talento”.
Parece que lo escribió para ella.





[i] Historia de la Literatura en Tamaulipas. Carlos González Salas. UAT. 1985. Cd. Victoria, Tamaulipas.
[ii] Antología Personal. Para quienes en altamar aún velan. Pp. 144
[iii] En esto creo. Carlos Fuentes. Seix Barral. Biblioteca Breve. p. 9

lunes, 26 de mayo de 2014

Coetzee: El maestro de Petersburgo


Autobiografía del dolor intransferible






“la función de la crítica viene definida por el clásico:
la crítica es aquella que tiene la obligación
de interrogar al clásico”

J. M. Coetzee. ¿Qué es un clásico?
Conferencia. Costas Extrañas.



En el epígrafe transcribí esta breve frase de John Maxwell Coetzee, ya que en el mismo ofrece la pauta tanto de su escritura creativa como de su trabajo como crítico, tan respetado y admirado, erudito y profundo, sin ser oscuro. No es sólo el narrador fino y riguroso, es también el aguzado comprendedor de otros autores. Dice, además, que clásico[i] es aquello (arte, música, literatura) que sobrevive al asedio de la barbarie, que se define por la supervivencia. La afirmación constituye una metáfora que si bien no define el asunto –adelanto que tampoco me interesan ahora las definiciones, sino abordar el centro del libro–, ni delimita con precisión el objeto de conocimiento; ofrece, más bien, una luz que nos permite entender su visión acerca de la literatura. La lectura de sus ensayos me dice que hay algo de político y algo de historiador en el crítico literario, algo de cocinero también, que deshecha recetas anacrónicas y coloca como ingrediente principal un aspecto profundamente humano: la supervivencia.

¿Cómo y cuándo llegué a Coetzee? ¿Por qué, de la noche a la mañana me vi buscando sus libros, todos, para leerlos uno tras otro? De él sólo conocía algunas pocas referencias publicada en revistas. No sentía interés por su obra. Ni siquiera cuando le dieran el Premio Nobel en 2003, pero los premios Nobel no siempre me parecen relevantes. No obstante, un día me encontré al poeta Antonio Huerta, conversamos de libros y autores y me dijo que acababa de leer Hombre Lento, le había sorprendido y me lo recomendaba ampliamente. Lo compré, leí y compartí su opinión. Pocas veces encontramos autores que nos colmen, que nos atrapen. Tengo en esa carpeta a Dostoievski, García Márquez, Vargas Llosa, Kafka, Bellow, Philip Roth, Vila-Matas, Bradbury, Borges, Bioy, entre otros. Coetzee se incorporó de inmediato a la lista. Leí luego Esperando a los bárbaros (una metáfora estupenda de una sociedad decadente que sólo aguarda el momento fatal de la invasión bárbara); le siguieron Foe, La edad del hierro, Elizabeth Costello, Desgracia, Infancia, Verano, Juventud, Vida y época de Michael K, En medio de ninguna parte, Diario de un mal año, Aquí y Ahora (intercambio epistolar con Paul Auster) y recientemente La infancia de Jesús; pero hubo uno que me conmovió sobremanera, con la intensidad de Desgracia y de Hombre Lento: El maestro de Petersburgo (1994), que conseguí apenas hace unos meses[ii].

¿El maestro de Petersburgo es una novela? Desde las primeras páginas el libro nos entera de que el personaje central es Dostoievski (para evitar confusiones, cuando escriba Fedor me refiero al personaje de Coetzee; Dostoievski será el escritor del siglo XIX) un reputado escritor en la Rusia del siglo XIX, que viaja a Petersburgo en 1869 porque ha muerto su hijastro. Advertimos entonces que el hijastro del Dostoievski real murió después del escritor. Este hecho nos indica que no se trata de una biografía. Se trata, en todo caso, de un claro ejemplo de metaficción, donde el texto usa la realidad y la confunde con la ficción, recurso que usa admirablemente. Pero además es profundamente autorreferencial, pues aquello que Orhan Pamuk llama el centro secreto[iii] de una novela lo constituye aquí la parte emocional; la historia contada es un pretexto para que el autor ofrezca un homenaje a otro autor y para dejar escapar algo muy personal. El homenaje es para Dostoievski; el asunto personal es muy íntimo y doloroso: la muerte de un hijo. Dice Pamuk que a veces el centro secreto de la novela no es la historia que se cuenta, sino la vida misma. En el Conde de Montecristo, por ejemplo, están la pasión y la venganza como centro. En este caso, el personaje siente que nunca logró entablar una relación de amor con su hijastro, hubo incomprensión entre ambos, separaron sus vidas, y ahora la culpa se aferra al corazón del personaje. Culpa de no acercarse y hablar o romper diques a tiempo, culpa de irse a otro país a vivir, culpa de no hacerse amar. Dolor al encontrar que su hijastro no lo ama y en todo caso lo detesta. Una novela de realismo sicológico, una novela histórica, que esconde una autobiografía del dolor personal, intransferible.

El libro es un claro homenaje, no sólo por usar a Dostoievski como personaje central de la novela, sino porque utiliza algunos nombres de sus novelas y el tema refiere a un hecho de la historia rusa –deformado, falseado, novelado–, que el mismo autor novelizaría en Los Demonios[iv], las andanzas del nihilista Necháiev, un enloquecido terrorista que asesinó a uno de sus colegas más cercanos. El escritor se enteró del hecho por su hijastro y decidió escribir una novela para denunciar lo que a su juicio conduciría a su patria a la ruina. En Los demonios el terrorista se llama Verjovenski. Serguéi Necháiev, para Coetzee y para la historia rusa. Necháiev se muestra perverso. Cree, no que representa al pueblo, sino que ambas voluntades, la colectiva e imaginaria del pueblo y la suya son la misma cosa.  Frases como: "Eso es algo que el pueblo entiende y aprueba. Al pueblo no le interesan los casos individuales. El pueblo ha vivido padecimientos de toda clase desde tiempo inmemorial; ahora, el pueblo exige que sean ellos los que sufran." Se refiere a una lista de personas que serán asesinadas. Y anuncia la existencia de una lista de sacrificados. Es el terror.

En el Diario de un Escritor de Dostoievski leo un pasaje que me parece sería la fuente de uno de los capítulos de El Maestro de Petesburgo: “Veo a un chico aún muy pequeño, de unos seis años o incluso menos, que se despierta una mañana en un sótano húmedo y frío. Sólo lleva puesta una especie de blusa y tirita. Su respiración se escapa en forma de blanco vaho; sentado en un rincón, encima de un baúl, el muchacho mata el aburrimiento exhalando esas nubes de vapor y contemplando cómo se disipan. Pero tiene mucha hambre. A lo largo de la mañana se ha acercado varias veces a la tarima, donde, sobre un jergón tan fino como una torta de aceite, y una especie de hatillo bajo la cabeza a modo de almohada, yace su madre enferma.” En la novela de Coetzee, Necháiev conduce con engaños al escritor hasta un sótano: “Se da la vuelta y contempla el húmedo sótano. ¿Qué es lo que ve? Tres niños ateridos, famélicos, que esperan al ángel de la muerte…. Lo único que ve usted son las miserables circunstancias que prevalecen en este sótano, en el que ni siquiera se debería condenar a vivir a una rata, a una cucaracha. Ve el patetismo de tres niños que se mueren de hambre; si espera un poco, también verá a su madre, una mujer que para traer a casa un mendrugo de pan tiene que venderse por las calles”. La intertextualidad me parece evidente.

¿Se sirvió Coetzee de este libro para esclarecer sus propias emociones respecto de la muerte de su hijo? El tema de la relación de los hijos con los padres parece ser importante para él, como lo fue para Dostroievski[v]. Quizá tuvo una relación difícil con su hijo, lo ignoro, pero la novela, y sus otras novelas, sobre todo las claramente autobiográficas ofrecen algunos datos. Por su parte, Fedor el personaje de la novela está confundido. "No puede pensar, no puede escribir, no puede dolerse ni llorar más que por sí y para sí", escribe Coetzee, y quizá no lo dice por el ruso, sino porque su propio dolor necesitaba ser convocado, exhibido, expulsado. Vale la pena señalar que el autor ruso tuvo un padre como el de Necháiev. Un sujeto borracho, muy agresivo, que murió a manos de los mujiks. Se dice que lo golpearon y le obligaron a beber alcohol hasta que falleció: "Su padre, cada vez más embrutecido, trataba a sus mujiks con extrema crueldad, y ellos, en junio de 1839, lo asesinaron. Dostroievski, quien desde su temprana infancia temía y odiaba a su padre, sintió que el crimen de los campesinos recaía sobre él. Este parricidio, que nunca cometió, pero que secretamente deseaba, podría ser la causa de su epilepsia”, según algunas especulaciones[vi]. Los remordimientos le obsesionaron durante toda su vida y sólo logró expiarlos con su última novela, Los hermanos Karamasov, en la que recreó con sinceridad masoquista las circunstancias y consecuencias morales de ese asesinato".  Si bien la mía es una visión extraliteraria, que debiera centrar la atención en la novela y nada más, encuentro que los fragmentos –en la obra son constantes– donde brota el padre angustiado, atormentado, dolorido son tan crueles y profundos que resulta inevitable pensar que en ellos se depositó la pena del padre.

Fedor viaja, al iniciar la novela, con el aparente fin de recoger las pertenencias de Pavel, el hijastro que se suicidó. El padrastro arriba a la pensión donde aquel vivía, atendido por una mujer aún joven, madre de una pre adolescente, para enterarse de los hechos y recoger las pertenencias. Renta la habitación donde viviera su joven hijastro, huele y usa sus ropas. Se las pone. La narración avanza contenida por una prosa seca, ruda, abrupta y terregosa, emocionalmente profunda. Algo provoca que entre él y la mujer aparezca el sexo. El texto sugiere que la madre y la hija estaban enamoradas de Pavel. La niña entra en conflicto con el padrastro y fastidia la relación entre él y la mujer. El visitante, que sería un huésped temporal, alarga su estancia, a la manera de los personajes de Kafka. En la calle la vida sigue una trama policiaca. Se entera entonces de que su hijastro estaba vinculado a un grupo de nihilistas, cuando la policía interviene y la novela de Coetzee se entrecruza con Los demonios[vii], que a su vez se originó por la guerra personal que su autor sostuvo contra aquella corriente nihilista, terrorista, que tanta influencia tuviera en la vida política de la Rusia del siglo XIX.

La novela se plaga de referencias. La vida y la obra de Dostoievski nutren a El maestro de Petersburgo. Sin embargo, creo que lo mejor de la novela no es la trama. Los fragmentos más impresionantes son aquellos donde se despliegan las emociones de un padre que perdió a un hijo, que quisiera recuperarlo, darle de inmediato el afecto que ya no podrá, un padre que se sorprende al leer en los cuadernos de su hijo el desamor y el rechazo al hombre que desposó a la madre, que reemplazó a su verdadero padre. El padre biológico fue un sujeto de mala vida, pero el hijo, en su fobia contra el padrastro, acabó idealizándolo. Es el drama doloroso de un padre que ama a su hijastro como si fuera propio, que sabe que ya no podrá decirle que lo ama y que busca en el olor perdido en las sábanas, en la mujer, en la tierra que cubre la tumba, una forma de comunicarse con él y restablecer el equilibrio perdido.

El personaje central -Fiódor- es un hombre perdido en el dolor, dubitable, que busca al hijo y se busca en él, cree que debe recuperar los papeles de Pavel, que conserva la policía, pues de alguna forma estarían en ellos la clave para reconocer al hijo perdido y recibir el perdón. Recuperará, al final de la historia, su vocación de escritor. Y sabrá que escribir es un acto de traición. Sus personajes: Fedor, la hostelera y su hija, el hijo muerto, el nihilista, el policía, pertenecen al museo de personajes de Dostoievsky. La referencia es entonces múltiple, el homenaje es evidente. Son arquetipos, es el buen sentido de la palabra. Hay autores que abren puertas y autores que las cierran. Dostoievski pertenece al primer grupo. También Coetzee abre puertas. Me pregunto si en el futuro algún Harold Bloom lo incorporará al Canon de Occidente.

¿Y cuál es el centro secreto de esta novela? Mientras la leía me preguntaba cuál era el asunto central propuesto por el autor. Me explico: busqué opiniones y críticas a la obra y, finalmente, encontré mi respuesta. Quienes han estudiado su obra coinciden en señalar la influencia de Ford Madox, Beckett, Kafka y Dostoievski. Supongo que habría que añadir a Daniel Defoe, otro maestro de la metaficción, a quien también rinde homenaje y críticas con Foe, novela que supone otra visión del Robinson Crusoe, gracias a la inclusión de un personaje femenino. Como ellos, usa sus dolores y circunstancias para escribir. Creo que el centro secreto es el dolor del padre, que se resuelve en la escritura. "Si hoy escribe con tanta claridad –narra casi al final del libro– es porque ya no está escribiendo para que ella lo lea. Está escribiendo para sí mismo, está escribiendo para la eternidad. Escribe para los muertos… Ha traicionado a todos; tampoco entiende que esas traiciones podrían ir aún más allá. Si alguna vez quiso saber si la traición sabe más a vinagre o a hiel, ahora ha llegado el momento.”

Coetzee es reacio a las entrevistas, se niega a mencionar su vida y usa el correo electrónico para responder preguntas de manera escueta y seca. El entrevistador John Carlin afirma que “Coetzee es uno de esos genios que padecen el síndrome de Greta Garbo. Desea que se le quiera por su arte, pero sólo por su arte. Él prefiere mantenerse apartado del mundo. Es un ermitaño…[viii] A pesar de ello, encontré un artículo –un solitario artículo en el maremágnum de la Internet– que comenta la muerte del hijo, a los veintitrés años, al caer de un balcón. Huelga decir que este parece ser el centro secreto de la novela. Además, el cáncer le arrebató a la esposa. Tal parece que se niega a hablar de las tragedias personales, pero en su escritura da salida a su hermetismo. Un ejemplo de la fuerza emocional que fluye constantemente por la narración:

“Aprieta la frente contra el tejido y muy débilmente le llega el olor de su hijo. Respira hondo una y otra vez, pensando: es su espíritu, que entra en mí.”

O bien:

“…hace diez días que Pável ha muerto. Con cada día que pasa, los recuerdos que aún puedan flotar en el aire como las hojas de otoño van cayendo al barro, y allí son pisoteados, o bien se los lleva el viento por los cielos cegadores. Solamente él aspira a recoger y a conservar esos recuerdos. Todos los demás suscriben el orden que impone la muerte primero, el duelo y el llanto después, y luego el olvido. Si no olvidamos, dicen, pronto el mundo no será más que una inmensa biblioteca”. 

Sé que es una visión extraliteraria[ix]. Afirmar que el origen –el centro, diría Orhan Pamuk– de la novela se encuentra en el dolor del padre-autor es una mera suposición. Todos los artículos que leí insisten en la relación evidente entre Dostoievski y Coetzee, poco ven los textos que muestran el dolor del padre. Me parece que el autor buscó reconocer a Dostoievski y al mismo tiempo usarlo para liberar su propia condición de padre mutilado. Cuando se leen los fragmentos del hombre que lamenta la pérdida del hijo, cuando narra cómo intenta invadir el espacio que ocupaba el hijo muerto a través de la cama y la ropa e incluso de la que quizá fuera su mujer, cuando leemos los lamentos, comprendemos que el dolor terrible de perder a un hijo es interminable e intransferible. Es una suposición que se fundamenta en la exigencia de Coetzee, cuando lo entrevistan, de no preguntar nada de su esposa y su hijo fallecidos. Poco se sabe de Coetzee, con todo y su autobiografía en tres tomos. Que es sudafricano. Que nació en Ciudad del Cabo en 1940 y muy joven abandonó su tierra y ha radicado en Gran Bretaña, Estados Unidos y Australia. Lo que sabemos está contado en sus libros autobiográficos[x] Ese afán de verse desde lejos, a distancia, como si fuera otro, no descarta del todo sus emociones. Un hombre hastiado de la violencia que asola a Sudáfrica, pero que sabe que no es exclusiva, que la humanidad se agrede en todo el mundo:

“Él lee las noticias y se siente sucio. ¡De modo que es a esto a lo que ha regresado! Sin embargo, ¿en qué lugar del mundo puede uno esconderse donde no se sienta sucio? ¿Acaso se sentiría más limpio en las nieves de Suecia, leyendo desde la lejanía acerca de su gente y las diabluras más recientes a que se entregaban?”

Cuando se fue a radicar a Australia (2002), un año antes de recibir el Premio Nobel, comentó a un amigo que estaba escribiendo una nueva novela, éste le apuró a inscribirse en una oficina gubernamental para que le dieran, de seguro le darían, con sus antecedentes, una subvención. Se sorprendió. En Sudáfrica –dijo el escritor– el gobierno nunca ha apoyado a los escritores y la única oficina relativa a ellos fue creada para censurarlos[xi]. No podía venderse un libro hasta que el anónimo comité de censores lo autorizara. Vivió su infancia en un lugar seco, difícil, agreste, dudando del idioma que hablaba –inglés, la familia; afrikáner, sus congéneres–, inmerso en una sociedad de judíos, católicos y protestantes y una familia no practicante, con un padre abogado de poca presencia en el hogar, más bien rechazado por su fracaso (dilapidó el dinero, endeudó a la familia), distante de la cultura predominante que imponía el racismo, lejos de la sofisticación de las urbes. Siendo joven decidió estudiar matemáticas, luego Lengua y Literatura Inglesa, se supo escritor y se fue a Inglaterra a buscar destino, trabajó para la IBM.

En 1965 abandonó Londres y se dirigió a Estados Unidos, donde se doctoró en Lingüística y Literatura en la Universidad de Texas, en Austin. Allí conoció a grandes profesores: Roger Shattuk, Ricardo Gullón, Borges, Octavio Paz, Alberto de la Cerda, Charles Olson, Robert Criley, según nos cuenta Javier Marías[xii]. Estudió la obra de Ford Madox Ford, tuvo la fortuna de encontrar los cuadernos en que Samuel Beckett había escrito la novela Watt mientras se escondía de los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial; descubrió también el origen de su apellido, se inconformó con el gobierno americano y se fue de nuevo a su tierra. En 1968 se mudó a Buffalo para trabajar en la Universidad Estatal de Nueva York. Coetzee comenzó a escribir la memoria familiar. Esa fue su primera novela: Dusklands (Tierras de Poniente). Después de tres años regresó a Sudáfrica en 1971. Fue profesor de literatura en la Universidad de Ciudad del Cabo hasta su jubilación. En Australia es profesor en la Universidad de Adelaida, pasa un semestre al año en la Universidad de Chicago. Vegetariano. Divorciado. Con una hija. Descree de los géneros literarios. Pasea en bicicleta. Y no sé si ser abstemio, como lo es, sea de temerse, como diría el escritor tampiqueño Arturo Castillo Alva.

Tanto Coetzee como Dostoievski vivieron fuera de su país; ambos se fueron por necesidad. Coetzee, para escapar de la censura, la opresión, para encontrar un camino, deambuló por Inglaterra, Estados Unidos -de donde se fue por su activismo-, Australia. El ruso, acosado por las deudas heredadas de su hermano muerto y las propias huyó a Europa, donde aprendió a odiar Alemania. Todos los artículos inciden en Dostoievski, poco ven los textos que muestran el dolor del padre. Me parece que el autor buscó reconocer a Dostoievski y al mismo tiempo usarlo para liberar su propia condición de padre mutilado.

Su estilo es siempre muy directo y rudo, cuenta con un ritmo constante que alterna frases largas y cortas. Atmósfera pesada. Su registro está por encima del habla popular, pero sin recargos ni ostentación de cultura. Creo que pertenece a la estirpe de escritores como Günter Grass, autores comprometidos con la vida, la realidad, la sociedad, los desamparados, sin ser evidente. Hay entre ellos diferencias de personalidad. El Nobel alemán actúa, escribe artículos y declara, mientras que Coetzee se concentra en el trabajo literario, rechaza la vida mediática, aborrece hablar. Leerlo deja un regusto acre.

Coetzee es pasional y lúcido, inteligente y emotivo, las ideas conducen su prosa, pero su pluma es el corazón. Creo que este libro es el horno donde transmutó Coetzee su pesadumbre. Hurtó el dolor de su propia vida, la rehízo con matices nuevos, aprovechó mitos, autores amados, para construir un asunto poderoso. Preguntó al clásico, se preguntó, hurgó en las respuestas y escribió un libro de búsqueda y viaje. Viaje a una ciudad para buscar a un hijastro que murió, al interior de sus emociones para encontrar los propios sentimientos, al remordimiento. Pero también hay viaje al interior, al yo reflexivo encubierto, el yo del autor que emparenta con el drama, con la muerte del propio hijo. Una historia en dolorosos en veinte capítulos.






¿Qué es un clásico? Una conferencia. Costas Extrañas. Ensayos 1986-1999. Ediciones de bolsillo. Contemporánea. 2011.
II Es curioso. Las librerías suelen acomodar los libros de manera fácil, para que el lector los encuentre, y lo más común es usar la primera letra del apellido. Por lo tanto, autores como Coelho y Coetzee departen y comparten en el estante, en la letra C). Por otro lado, los autores que me han conmovido guardan algo en común: yo. Son disímbolos. Y si busco mucho podría pensar que entre Coetzee, Vila-Matas y Borges hay cierto tufillo, una literatura plagada de referencias o un Kafka que asoma la nariz; y quizá lo maravilloso en García Márquez tenga otra forma de vida en Bradbury.
III Orhan Pamuk. El novelista ingenuo y sentimental. Dice “En las novelas bien construidas todo está relacionado con todo lo demás, y esta red de relaciones crea, por un lado, la atmósfera del libro y, por el otro, señala su centro secreto...”  “El lector de novelas literarias sabe que cada árbol del paisaje –cada persona, objeto, hecho, anécdota, imagen, recuerdo, información y salto en el tiempo– está ahí para resaltar el significado más profundo, el centro secreto que se halla en algún lugar bajo la superficie”.
IV Por ejemplo: Anna se llamó la esposa de Dostoievski y el personaje femenino de Coetzee. Pável, personaje los Karamazov y de Coetzee. Maximov es el terrateniente de Los Hermanos Karamazov y el policía de Coetzee.
En el Diario de un escritor, Dostoievski se refiere constantemente al maltrato de niños y jóvenes, y a los suicidios. En el prólogo Víctor Gallego Ballestero apunta: “Los casos que más interesan al escritor son, desde luego, los relacionados con los malos tratos infantiles y con el suicidio”. En este Diario –versión Kindle- observé cincuenta y cuatro veces la palabra suicidio-suicida, la mayoría relacionadas con jóvenes.
VI http://www.solidaridad.net/educacion-y-solidaridad/index.php/19-biografia-de-dostoievski
VII En una carta incluida en Diario de un Escritor, Dostoievski dice: “Entre los sucesos descollantes que han podido influir en mi narración ha de incluirse el célebre asesinato de Ivánov por Nescháyev, en Moscú”. Los hechos de Demonios constituyen el mismo marco de la novela de Coetzee.
VIII http://elpais.com/diario/2002/11/30/babelia/1038616750_850215.html
IX Las críticas neomarxista, neohistoricista, feminista y similares deforman la literatura, la colocan al servicio de una ideología; es indudable, sin embargo, que la vida del autor, sus circunstancias, con ello quiero decir que influyen en su obra el peso de sus penas emocionales y sus miserias afectivas, la moldean, la deforman, la conducen por vericuetos a veces extraños, a pesar de él mismo. A veces la usa para ir contra ella, a veces a favor, a veces para eludirla, pero siempre está presente.
Infancia, Juventud y Verano, tres libros que cuentan su vida desde una cierta distancia, como si fuera a hablar de otro. Verano es un supuesto cuaderno de notas de Coetzee, del cual parte un periodista para entrevistar a cuatro mujeres y un hombre, acerca del escritor ya fallecido John Coetzee.
XI http://www.youtube.com/watch?v=1CGf-rNoSbQ
XII http://www.javiermarias.es/COETZEE/coetzeenobel.html

martes, 25 de marzo de 2014

De lecturas

Decía Borges que es fácil leer –me atrevo a decir: valorar, enjuiciar– los libros de los siglos XVIII, XIX, incluso de la primera mitad del siglo XX, pues ya el colador del tiempo tamizó los textos y nos ofrece bien definidos a los autores pero, cómo saber si vale la pena dedicar nuestro tiempo –tan escaso, único, velozmente huidizo– a leer libros de nuestros contemporáneos, que quizá dentro de unos cuantos años serán buscados sólo por los estudiantes de letras, exigidos por algún despistado maestro.

¿Son las ventas buen criterio para seleccionar un libro? ¿Deberíamos de obedecer los dictados y recomendaciones del afamado crítico que desde su espacio en una revista mensual y desde sus gustos personales, amistades, compromisos económicos y con editoriales aplauden o destruyen? ¿La publicidad en la TV y la entrevista en el programa de radio con difusión nacional? Ignoro la receta. El mismo Borges suponía que hay autores que sobrevivirán, como Dino Buzzati. ¿Y quién es Buzzati, me pregunté desde la trinchera de mi ignorancia al leer el prólogo a El Desierto de los Tártaros, escrito por el argentino poco antes de su muerte?

Además, es imposible haber leído todo, conocer a todos los escritores de todos los tiempos y de todas las geografías. Quien diga lo contrario, miente. En mi juventud leía a José Revueltas, hoy casi en el olvido. Por cierto: ¿quién lee en estos días a Juan Ramón Jiménez?

A fin de cuentas uno lee lo que le gusta, lo que disfruta, lo que necesita, lo que le obliga la escuela, la recomendación del amigo cuya capacidad e inteligencia estimamos. Se puede seguir el Canon de Bloom, dedicarse a un género o sumergirse en autores (es mi forma preferida de leer, encontrar un autor que me conmueva y buscar todos sus libros, aunque muy a menudo son disparejos).

En los últimos quince años encontré autores que leo, releo, busco y me produce una gran alegría encontrar algo nuevo o cuya existencia ignoraba: por ejemplo Coetzee, Vila-Matas, Philip Roth, Saul Bellow, Julian Barnes, Ian McEwan, Paul Auster, Leonardo Sciascia, Javier Marías, Sergio Pitol, Tony Morrison, Peter Hanke. Es probable que la lista sea un poco más grande, pero no mucho. Es una lista personal, de poca utilidad para nadie. Cada quien tendrá sus listas, cada lista se modificará con el tiempo personal, la vida misma y las lecturas. 

viernes, 29 de noviembre de 2013

La palabra de Dios


Hace un par de años recopilé mis cuentos de ciencia ficción publicados aquí y allá, al paso de los años, les di forma de libro y lo titulé La Palabra de Dios, nombre del relato que ganara el segundo premio Alberto Magno de Ciencia Ficción en 1999, en España. Dudé entre éste y Llegar a la orilla, que fue recopilado, traducido y publicado al inglés en la antología Cosmos Latinos, que recogió textos del género, desde el origen del mismo en los países de habla española. Ahora tengo en las manos el libro impreso. 

Los cuentos recorrieron una vida interesante antes de unirse en el libro. Unos en Argentina, otros en España, la mayoría en México y un par de ellos en Estados Unidos. Antologías, periódicos, revistas analógicas y digitales, menciones honoríficas y algún premio.

El prólogo


Debo a Gabriel Trujillo Muñoz el prólogo. Gabriel, además de ser un ensayista, novelista y cuentista fenomenal, es un excelente amigo. Se percibe en sus generosas palabras. En él dice, por ejemplo:

"...un libro como La palabra de Dios (2012), resume no sólo las rutas, senderos, exploraciones y descubrimientos de su autor, Guillermo Lavín, sino que es un muestrario, por demás intenso, profundo e interesante en sus hallazgos narrativos y temáticos, de toda una generación que ha ejercido, en las últimas tres décadas, el don de la fantasía y la especulación sobre el futuro que ya está aquí, con nosotros, asediándonos con sus artilugios y artificios". 

Y más adelante:

"Lavín es un narrador al que le interesa —nada más y nada menos— que la aventura humana que se da corazón adentro, en ese entramado de emociones y sentimientos, de añoranzas y nostalgias, de pérdidas y fracasos que nos definen y nos hacen vivir el mundo como una experiencia de voluntad y resistencia. La ciencia ficción de Guillermo Lavín, la que sus relatos atesoran con ternura y dolor, la que palpita en su centro creativo, es un género que a nosotros, sus lectores, nos instala frente al espejo de nuestras propias imperfecciones, de nuestras propias derrotas, pero que, a la vez, no acepta la muerte de la utopía, la caída de los sueños que nos mantienen con vida".

Presentación


El próximo miércoles 4 de diciembre se presentará el libro en Querétaro. La organización está a cargo del Instituto de Cultura Municipal de Querétaro, cuyo director es José Antonio Mac Gregor, promotor cultural de toda la vida, conocido y reconocido en el país. La presentación estará a cargo del editor, escritor y poeta Arturo Medellín y de Luis Anaya Siurob, presidente de la Asociación de Libreros de Querétaro. La edición estuvo a cargo del Instituto Tamaulipeco para la Cultura y las Artes: quedo agradecido, ya que es un libro con excelente factura, una edición cuidada por la editora Socorro Perales y Ángel Lumbreras, el diseñador. 

Para asistir a la presentación, bastará con tener ganas, tiempo y andar cerca de Querétaro. Y aquí un fragmento: La palabra de Dios



La palabra de Dios.
Autor: Guillermo Lavín.
Edición del Instituto Tamaulipeco para la Cultura y las Artes.
Colección Agua Firme.
Primera edición 2013.
ISBN: 978-607-8222-12-4
Cd. Victoria, Tamaulipas, México.
Pp. 236

jueves, 26 de septiembre de 2013

Papel versus binario

El martes pasado me molestó un dolor de cabeza constante y sordo, paliado un poco por las aspirinas. Dejé de escribir y de leer, lo cual ya era una tortura, y salí rumbo a la Librería El Sótano para intentar distraerme. Gracias a mi tarjeta de cliente frecuente tenía unos quinientos pesos disponibles para comprar libros. Apenas entré al área de literatura me abordó un empleado, me preguntó si aceptaba contestar a una encuesta respecto a la calidad de la librería, y como creo que es útil para mejorar el servicio, es decir, me sirve, acepté. 

Las preguntas eran obvias: el servicio, la iluminación, los espacios, la oferta de libros, la utilidad de la página web, la forma de pago, qué servicios me gustaría que añadieran. Todo bien, le dije, pero la página web es inútil si no ofrecen libros digitales de calidad: la librería es excelente, pero su oferta digital es lamentable. El encuestador de El Sótano comentó que ya venden el e Reader Papyre, pero aceptó que su oferta de ebooks no es competitiva. Sugerí abrir una cafetería, hacer eventos, abrir talleres de lectura y escritura, ir a las escuelas a promover el libro infantil, aunque claro, desconozco el mercado y quizá sólo opino tonterías. No supo decirme si tienen estudios al respecto.

Libreros tradicionales

Me parece que los libreros mexicanos no comprenden que dentro de pocos años serán desplazados por el libro digital. Sí, ya sé que el libro físico seguirá vivo mucho tiempo, pero las tendencias, sobre todo con libros de literatura y ensayo, muestran un alza enorme de ventas digitales. 

La tendencia en Estados Unidos crece muy rápido, compran cada día más libros en la web. Acaban de llegar a México, casi al mismo tiempo, Amazon y Google Play Books. Barnes y Noble, por cierto, sigue encerrada en USA y Canadá: otro que se equivoca. Y lo lamento, pues no sólo tienen buena oferta de libros, sino que su último dispositivo, Nook HD+, me parece mejor que el Kindle de Amazon, y con mejor precio, pero está fracasando por la poca inteligencia comercial de la librería. Compré el Nook en diciembre del 2012, me lo robaron en último día de enero del 2013 durante un asalto, y lo volví a comprar en febrero. En abril o mayo, no recuerdo, B&N actualizó el aparato, que ahora es un Android. Es increíble. Compro libros en B&N –cuando voy a USA, pues siguen sin vender a México–, en Amazon, Google y en una librería que descubrí en línea, buena, excepto por su aplicación que es muy limitada: bajalibros. Librería Gandhi y el Fondo de Cultura Económica ya participan del mundo digital con acierto, aunque limitadamente.

Es tan importante la entrada de las librerías en línea a México, que basta con recordar que hace tres años Amazon ya vendía 180 libros digitales por cada 100 en papel; hoy, en USA, 30 de cada cien libros vendidos son digitales; en Reino Unido el 15%; en España el 5%. Otro dato: Según la consultora Future Source, en 2010 el mercado de los ebooks creció un 200%.

Papel versus binario

Mis amigos, la mayoría, dicen detestar la lectura electrónica. Prefieren el olor del papel y la tinta, la consistencia del objeto, la textura de la impresión, subrayar con marcadores, escribir en los márgenes. Estoy de acuerdo en principio, pero luego pongo los argumentos en la balanza y me vuelvo a inclinar por el libro electrónico. Mis razones son sencillas: No compro muchos libros que me interesan porque están impresos con tipos de diez puntos. Eso cansa la vista. Otros tienen cientos de páginas y el libro pesa horrores. Tengo libros que compré en los años setenta y se están desmoronando, por el pésimo papel y los químicos que usaron en su elaboración. El precio del libro digital suele ser un cincuenta por ciento más barato. El cúmulo que conforma mi biblioteca me exige un espacio grande, caro y difícil de mantener en orden y limpio. Y no contaré ahora la guerra que sostengo con las termitas desde hace unos años. Viajo mucho, últimamente, y sufro por no tener a la mano algún libro que deseo consultar.

Miles de libros en medio kilo

En un dispositivo de menos de medio kilo puedo tener todos los libros que quiera, mediante el uso de minúsculas tarjetas MicroSd.  Enciendo el aparato y accedo al libro que deseo. Señalo la palabra que desconozco y el diccionario la esclarece de inmediato. Con un dedo subrayo el texto y escribo notas. Si un texto me provoca una idea, con el mismo dedo –uso el índice–, abro un procesador de textos, escribo lo que quiero y, como estoy conectado a Internet, lo envío a mi email para usarlo más tarde. Estoy conectado a DropBox, de modo que mi lectura se respalda automáticamente en la nube; los libros que compro en librerías electrónicas generan su propio respaldo. Si voy a leer y mi esposa duerme activo la función para leer de noche y se invierten los colores: fondo negro, texto blanco. Se lee perfectamente en la oscuridad y no molesto a la vecina. Si a media noche requiero un libro, entro en las librerías en línea, bajo un fragmento gratuito para verificar que sea lo que necesito y, si es lo que deseo, lo adquiero con la tarjeta de crédito y lo descargo en segundos. Algunas librerías en línea permiten prestar los libros comprados durante un lapso.

Mi e Reader trae un teclado en inglés. Es una monserga. Pero compré –creo que costó unos treinta pesos– un teclado android en todos los idiomas imaginables que, además de sencilla de usar y versátil, parece leer el pensamiento: apenas inicio la escritura de una palabra y ya me ofrece tres opciones, acertando por lo general con alguna. Además el aparato es una Tablet, de modo que navego en internet, veo películas, escucho música, entro al Facebook, al Twitter, envío correos. 

Por supuesto que no todo es belleza. A veces se cae el sistema y se reinicia. Y hay que recargar la pila, cosa que hago cada noche. Si no tienes la precaución de respaldar los libros puedes perder los datos. Me ocurrió cuando me robaron el aparato. Eso sí, debo ser honesto: no se llevaron ningún libro de papel. 

El libro no es el papel

Ir a las librerías, disfrutar de los anaqueles, sacar libros y abrirlos, comprar algunos y sentarse en la cafetería a revisar la edición, a leer el índice y la primera página, es un placer que detestaría abandonar. Amo los libros en papel, pero creo que el libro digital arrasará poco a poco con las librerías como las conocemos, tal y como ha venido ocurriendo con la música. Si bien no desaparecerán del todo –es un deseo–, su destino está marcado. El papel derrotó al pergamino, éste al papiro, la escritura en los muros y la piedra quedaron como anécdotas. El libro no es el papel en que está impreso, sino las ideas expresadas, las novelas, los cuentos y poemas. Esa forma de libro se está muriendo y habrá que dejarlo ir.

Los e Reader serán cada vez mejores, con mejores prestaciones. El software de lectura, en unos dos o tres años, será más eficiente y resolverá mejor nuestras necesidades. En las escuelas los niños no necesitarán las enormes mochilas de hoy, pues en el dispositivo cargarán sus libros y cuadernos, y la conectividad transformará la enseñanza y el aprendizaje. Esos niños son homo sapiens digital, a diferencia de nosotros, los viejos analógicos, que nos resistimos al cambio. El libro digital es el futuro. Para algunos, quiero estar entre ellos, ya es el presente.