lunes, 17 de enero de 2022

En estos días

Hay oficios que enorgullecen,

pero que no llenan el bolsillo. El de maestro, por ejemplo. Griegos y romanos tenían esclavos para ejercerlo. A Sócrates, arquetipo de maestro, lo hostigaba su mujer, pues era un pobretón. Cuando se es pobre, en mi país, se busca la seguridad que te da una plaza: el trabajo seguro, el crédito mínimo para comprar una casita y, sobre todo, el fatigado sobre quincenal y la entrañable pensión. En el Ulises de Joyce, Stephen es un maestro que aún no recibe su miserable paga y ya la debe.
Dicen que algunos países nórdicos pagan bien a sus maestros. Qué envidia.

Oficios que se esfuman

Aprovecho el momento para entristecerme un poco, otro poco, por la casi total desaparición del jefe de redacción de los medios de comunicación escritos, otro de esos oficios que llenaban de orgullo al oficiante, aunque no de plata. Cuando cumplí 17 años trabajé brevemente como reportero en un periódico local, nuevo y reluciente, instalado en un edificio vanguardista, enjoyado con una estilizada escultura y con olor a moqueta recién instalada, oficio al que renuncié pronto para entrar a la universidad. Valoro mucho, ahora, a los jefes de redacción que conocí, hombres con talento para atrapar gazapos y rehacer las notas y reportajes.  Convertían en minutos un texto infame en una lectura coherente. 

Ni hablar, es un oficio que tiende a desaparecer. Las publicaciones periodísticas en Internet son de una redacción abyecta. Las prisas le comieron el mandado a la calidad.
Ahora abundan los traductores de literatura, pero son francamente malos. Me desconcierta leer la traducción de libros publicados por editoriales poderosas y prestigiadas plagados de errores de estilo, que tienen que ver con localismos o formas de uso diario, callejero. El modo pasivo, por ejemplo, que abunda en las calles de España, se refleja en dichas traducciones. Es una forma común de hablar en la península ibérica, y eso no tiene discusión ni es motivo asombro, pues cada región tiene sus características, pero es harto enojoso leerlo en talentosos autores traducidos a nuestro idioma. Los periódicos en línea abundan y son el mejor ejemplo de dicha barbarie. 

Releo a Piglia

En El camino de Ida, de Ricardo Piglia, me sorprende encontrar anotada una reflexión que hice hace tiempo. Somos inseguros, dudamos de nuestras decisiones, buscamos la aprobación y el aplauso, preferimos el camino que ya recorrieron otros con éxito. Por eso buscamos información y leemos libros que nos digan cuál es el mejor camino, libros e ideas que refuerzan nuestras creencias. Unos leen a Coelho o la Biblia, así como otros estudian a Lenin (uf, sí, Lenin y las dictaduras están de vuelta, para nuestra desgracia) o leen novelas rosas de vidas que anhelan vivir e, incluso, pasan la vida aguardando la llegada del príncipe azul, que nunca llegará, pero que cuando acaso llega, pierde pronto el color divino -el azul es el color de la virgen- y mostrará el color la realidad, que es más bien CMYK. Buscamos una guía, un tutorial, la receta que le dé sentido a la vida. 
Hace muchos años supe que carece de sentido.
La vida recibe de nosotros su sentido.

Lecturas del invierno personal 

Leo libros cuyo trasunto es la vejez, la enfermedad, la muerte, autobiográficos: Némesis, La humillación, de Philip Roth. Los perros, de Ian Mcewan. Diario de invierno de Paul Auster. Repaso El amor en los tiempos del cólera. También leo a Saúl Bellow, con RavelsteinEnvejece el escritor y habla de sus miedos, del temor al momento final.
¿La vejez derrota el interés por la aventura?


Una sola camisa

 Vida de Samuel Johnson:

Cuenta Boswell que un amigo de Johnson afirmaba vivir con muy poco, que el día en que tocaba camisa limpia podía salir a visitar a sus conocidos. Me parece una época tan lejana en sus costumbres. No concibo la idea de tener sólo un par de camisas y una chaqueta, usar la camisa varios días, lavar una vez a la semana la ropa. Y que además eso te limite tanto que no puedes salir a la calle. 

En otro lugar leí que usaban, en aquellos días, un camisón para dormir (una camisa larga, hasta las rodillas). En la mañana se fajaba el camisón en el pantalón y salían a la calle. Dormías con la camisa que usabas durante el día. 

Se bañaban, en Europa, de vez en cuando.