lunes, 22 de julio de 2013

Somos los asimilados


Hasta hace poco me horrorizaba enterarme de la existencia de algún siniestro pederasta suelto en las calles, de un muchacho delirante que entraba a una escuela a disparar a niños inocentes (decíamos entonces que eso sólo ocurría en USA, debido al excesivo consumo de drogas y a la desatención de los padres a los hijos, pero jamás en México, cómo, si acá las madres de familia siempre estaban con sus hijos y el consumo de drogas era insignificante), del ocasional asalto bancario, del borracho que golpeaba a la esposa frente a los hijos y del aterrador mochaorejas.

Me siento extraño. Ya no me sorprenden ni me estremecen las noticias. Empiezo a tener la tener la piel callosa, insensible. Temo perder la capacidad de asombro ante las cosas que vemos y escuchamos cada día, cada hora. Nos enteramos de negocios que pagan impuestos a los criminales, de docenas de ejecuciones cada semana, de cuerpos colgando en puentes, de torsos y cabezas separadas, de torvos sujetos que cocinan en ácido a sus enemigos, de secuestros donde la familia paga al secuestrador y aun así asesinan al secuestrado.

La inseguridad está en cada calle, en vecinos de apariencia fiable, en los empresarios que lavan dinero y los políticos sobornables, en las calles vacías, en las noches, en las balaceras nocturnas, en las granadas que lanzan adentro de los bancos donde el empleado va a cobrar su quincena, en la mirada lasciva de tres o cuatro sujetos que transitan abordo de una camioneta de doble cabina, en los asaltos en las carreteras, en la colonia descoyuntada y mal pavimentada, en el fraccionamiento de ricos donde estallan coches bomba, en el joven ambicioso que desea riqueza pronta y exenta de castigo, en la guapa muchacha que quiere una vida intensa, aunque resulte breve: son tantos los que se alinearon con la maldad, que parecemos una sociedad tullida.


¿Realidad alternativa?

Esta realidad, que parece alterna, producto de una imaginación enferma, no la veo en los periódicos ni en los noticieros de radio y televisión. Todos los días comparo lo que nos dicen los medios de comunicación con lo que cuentan en la oscuridad del comprensible anonimato los twitteros y los blogueros. Leo en los periódico y veo en la TV la importancia que le dan y el revuelo que se arma porque un comentarista declaró ante las cámaras que es adicto a las drogas y homosexual, como si nos importaran un centavo sus asuntos personales (antes, lo personal era íntimo; ahora, un espectáculo comerciable), que una tal Kardashian parió o que un empleado sexagenario chocó su auto en una esquina del centro de Ankara. El silencio oficial, la minimización, el juego con las cifras y el ocultamiento no es más que una articulada forma de engaño. Una forma peligrosa para los de a pie. Cada día pierdo un gramo más de confianza en los medios de información, aunque debo aclarar que muy poca les he dado desde que comprendí que sólo reflejan intereses políticos y económicos, y eso fue cuando estudiaba la preparatoria.

El cinismo de los políticos, la inconsciencia y corrupción de los medios de información, los patanes e irrespetuosos que deambulan en las calles me vuelve el mejor de los escépticos. Me asusta, no sólo la incapacidad de los gobernantes para garantizar mínimos de seguridad, que ya es lugar común, sino la incapacidad, la dejadez, el desinterés del ciudadano común que más que conformista parece un asimilado a la nueva realidad, un ente que dejó de pensar, como se deja en el cesto de basura una camiseta inservible.


Más cruel que la ficción

Me sobresalta la impresión de que nací en lugar equivocado o de que durante la noche la realidad se confundió con las peores pesadillas. Hace años que los escritores de ciencia ficción escriben sobre universos paralelos o alternativos. ¿Se habrán cruzado en nuestro tiempo otro espacio y otra realidad? Me pregunto si escribir sobre esta barbarie será escribir novela histórica o crónica, porque ficción no es, no puede ser un cuento tanta crueldad. ¿Quién puede idear un personaje que trocea a sus enemigos para meterlos en tambos con ácido, pero antes les extrae los dientes para guardarlos en una lata, como si fuera una inocente colección de estampillas de correo, monedas extranjeras o luchadores rígidos de plástico?

El miedo a salir a la calle –aunque los hogares tampoco son seguros–, a viajar, a crear un negocio, a aceptar un trabajo que nos obligue a tener contactos extraños –como los médicos que atienden heridos en los hospitales–, nos van a llevar a una encrucijada: huir o acostumbrarnos. La tercera vía sería participar en el mundo de la política para arrebatarles el poder y usarlo para el bien común. Por desgracia, los espacios de participación política están copados, en su mayor parte, por gente corrupta, cuyo interés personal nada tiene que ver con el interés colectivo. Pareciera que la inseguridad será una constante en nuestra vida, una práctica que nos obligue al aislamiento. Por lo pronto ya nos arrebataron las noches: ni pensar en salir a la calle o a la carretera después de que el sol se oculta tras la sierra.

Quizá la virtualidad nos salve

Dice Zygmunt Bauman que el juego de video Love Plus de Nintendo (consiste en un juego de citas que se lanzó en 2009 sólo para Japón) suministra relaciones humanas y hasta un futuro de aislamiento real, en detrimento de las relaciones reales. Es un juego que da certezas, esas mismas que la realidad real no ofrece. ¿Se acerca el día en que trabajaremos en la casa y veremos a nuestros amigos y familiares sólo en la pc? ¿Tendremos novia o esposa virtual diseñada a la medida? La computadora escribirá el libro que leeremos, conforme a nuestros gustos, recopilados a partir de nuestros hábitos registrados en Google, y al humor que carguemos, pues será capaz de leer nuestra mirada y gestos, y catalogar nuestro olor, para observar y aprovechar el funcionamiento de las hormonas.

Lo bueno de esto es así ya no tendremos que salir a la calle. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Bienvenidos los comentarios.
Se vale disentir, coincidir, opinar con humor, ser sarcástico e irreverente, pero no el insulto ni la agresión.